Reelección, el mundo feliz
Por Bernardo César Posada S.
Médico Internista
Históricamente, la reelección en Colombia ha sido desafortunada, no sólo para los protagonistas sino también para el país. Ni Bolívar ni Santander ni Obando ni Mosquera salieron triunfantes en sus segundos ni aún terceros períodos, mientras el país se debatía en el desorden.
Las reagrupaciones políticas se tenían que efectuar de urgencia, hasta que llegó Núñez, quien se hizo reelegir múltiples veces, pero fue dejando el poder en manos de los vicepresidentes que ya no eran del partido que lo había elegido. Eran gobiernos débiles que creyeron mantener el poder en la represión y la censura de prensa, la cual conducía con frecuencia al confinamiento. La víctima más destacada del estrangulamiento de la prensa fue don Fidel Cano. Estos gobiernos tuvieron que afrontar insurrecciones armadas del liberalismo: la del 85 y la del 99 que se prolongó hasta 1902. Le tocó dirigir el país a un vicepresidente impuesto y golpista como Marroquín, elegido en propiedad, para culminar con el mayor desastre que ha sufrido Colombia.
Un país que quedaba en la miseria eligió al general Reyes, quien se quiso perpetuar en el poder, pero el país no se lo permitió. En su segundo período, López Pumarejo perdió el favor de la opinión, fue quebrantado por el llamado golpe de Pasto, el cual fracasó. Posteriormente, se vio obligado a renunciar. Estos acontecimientos algo tuvieron que ver con la caída del partido liberal. Los gobiernos de Ospina y Gómez prácticamente tuvieron que afrontar una guerra civil que fue detenida por el golpe de Rojas Pinilla. Pero el país tampoco soportó las ambiciones de éste, y de nuevo se encarriló por la vía civilista después de un año de gobierno encarrilado por la junta militar.
La alternación de los partidos políticos en el poder fue rechazada por López Michelsen por considerarla antidemocrática, sin embargo se efectuó durante 16 años.
Las experiencias reeleccionistas de los últimos años en Latinoamérica han provocado desastres en la estabilidad política y económica, en el incremento de la pobreza y en el desbordamiento de la corrupción. Está comprobado que estos países no aguantan la permanencia de sus presidentes más allá del período inicial, sin que la burocracia se pudra hasta niveles de descomposición. Los países quedan en estado lamentable, como sucedió prominentemente en Argentina y en el Perú.
Colombia ha tenido muy mala suerte con el desempeño de sus presidentes desde hace un número indeterminado de años. Pero lo peor sucedió en 1994 y 1998, cuando la inmensa mayoría de los que votaron por los candidatos triunfadores se tuvo que arrepentir amargamente. El primer candidato se vio obligado a dedicar sus energías a defenderse de cargos graves pero nadie quedó convencido de su inocencia; el segundo se pasó el tiempo viajando y entregó la soberanía de una parte muy considerable del territorio nacional a quienes la paz les significaba el colapso del orden constitucional.
Los que han hecho modificar la constitución para perpetuarse en el poder sólo han cosechado el fracaso, que no los afecta únicamente a ellos sino a toda la nación. El doctor Uribe ha demostrado imprudencia en sus actuaciones y escaso juicio para escoger a sus colaboradores. La primera demostración fue el nombramiento del doctor Fernando Londoño Hoyos como ministro del Interior y de Justicia, a pesar de que éste ya había dado muestras de combatividad e intolerancia, y ya se encontraba en líos por el sorprendente negocio de Invercolsa. No era fácil que una personalidad tan especial manejara don ministerios que, en sí mismos, podían crear incompatibilidades a un mismo individuo.
A los colombianos nos habían enseñado que el ejecutivo no se debía inmiscuir en la justicia, y eso empezó a suceder. Hasta el momento, y como lo postuló Montesquieu, la separación de poderes ha sido el principio inviolable de un gobierno sano y justo.
La última imprudencia del doctor Uribe ocurrió con su amenaza a los sobrevivientes de la cúpula del M19, de la cual ya tuvo que retractarse.
Desde el momento en que un presidente autoriza a sus interesados amigos llevar a cabo la enmienda constitucional para reelegirlo, se inicia la campaña. De ahí en adelante, sus actividades van encaminadas a conquistar su futuro electorado. Obtener el favor de la opinión pública es un solo aspecto de la campaña.
Pero, para conseguir el mismo fin, se cae en el inveterado vicio de comprar los votos del parlamento, y este es un fenómeno del cual ya hay pruebas suficientes. Aparecieron personajes salidos de la mediocridad y el anonimato, que fueron deslumbrados por un dorado de beneficios, para entregar su voto decisivo en pro de esta campaña. Pero, realmente son muchos los parlamentarios que desde el principio se inclinaron hacia el bando más prometedor, porque ello les garantiza una bonanza más duradera. De todas formas, se establece una alianza en la que, en ningún momento, los parlamentarios verán amenazados sus intereses, como lo habían presentido cuando el presidente era un candidato.
En adelante, las acciones de la presidencia tendrán que conducir a conceder privilegios a sus áulicos, a aceptar sus demandas, a otorgar favores diplomáticos dentro de la misma alianza e, indudablemente, a dirigir el presupuesto nacional por la senda de la reelección.
El hecho de que sea el mismo presidente el que haga modificar la Constitución en su favor, deja abierta la sensación de que se aprovecha de las múltiples ventajas de su posición. Muy distinto sería, pero aún sujeto a múltiples objeciones, si la reforma se aplicara a futuros presidentes. La actividad parlamentaria se ha visto claramente desviada, y sus energías empeñadas en sacar adelante las ambiciones del presidente.
Se ha dicho que cuatro años es un período muy corto para desarrollar una obra que cambie fundamentalmente el país. Pero si la reorganización que se inicie es tan sabia y empieza a dar frutos de gran eficiencia, el sucesor no puede malograr los resultados. Es más obligante continuar una senda de éxito que empezar a reparar el desorden que deja un mal gobernante, y la obra constructiva es menos notoria.

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Por Roberto López C.
Secretario Sociedad Antioqueña de Historia de la Medicina Cuando el aluvión descendió presuroso por la falda de la montaña, un gran estrépito se escuchó a los largo del valle, que un río poco ancho recorría de sur a norte, acariciando aquellas tierras, tan pródigas para el cultivo de verduras y frutales y tan bien cuidadas por las manos laboriosas de los aldeanos del lugar. Eran apenas las nueve de la noche y, durante casi toda la tarde de aquel día, el cielo, con altisonante arrogancia dejó escapar una lluvia torrencial que empapó la tierra, bellamente cultivada por los hombres y mujeres de la comarca. Poco antes de las seis había dejado de llover pero, allá a lo lejos, en donde los cerros se encumbran altaneros, unos nubarrones los cubrían parcialmente y la noche había llegado en forma precipitada.
La corriente eléctrica había desaparecido y Benjamín, con su mujer y sus hijos, sentados en la sala, la iluminaban con lámparas de petróleo y algunas velas que impregnaron el ambiente con su olor peculiar. Su fino oído le permitió escuchar el estruendo causado por las aguas y a su memoria vino el recuerdo del tormentoso diluvio que, cuatro años atrás, casi arrasa con la vivienda y los cultivos. Sin titubeos, tomó a sus hijos de las manos y exhortó a su mujer a abandonar la cabaña. Extrañada, Rosalía ensanchó sus grandes ojos y, sonriendo, le dijo: -¡Creo que exageras! El aguacero de la tarde no lo fue para tanto. Con energía, Benjamín, casi ordenándole, le observó: -¡Es mejor ser prudente! El agua está bajando de la montaña y pronto anegará el valle -¡Vámosnos ya! El Morro de la Virgen es un lugar más seguro -le dijo, con gesto suplicante.
El cerro, distanciado a menos de doscientos metros de la casa, era un promontorio poco arborizado, en cuya cima los pobladores de la región habían instalado un monumento a la Virgen María. En los días domingos era motivo de peregrinajes por los creyentes católicos que ascendían hasta la cumbre para hacer sus rogativas. Era el sitio escogido por mucha gente para, desde allí, contemplar la belleza del valle, en cuyo fondo viajaba muy tranquilo un río de aguas cristalinas que hoy, a causa de la lluvia vespertina, había aumentado considerablemente su caudal y sus aguas se habían tornado algo turbias.
Con su mujer y sus hijos, Benjamín, quien apenas pudo tomar unas cobijas, se dirigió presuroso hacia la colina, tratando de protegerlos de la avalancha que presentía. Otros grupos de gente le acompañaban en la inesperada huída. Algunos, ante la oscuridad reinante, portaban linternas de mano que les facilitaba su rápido andar por el sendero. Casi nadie tuvo la osadía, o tal vez la torpeza, de recoger sus utensilios para llevarlos consigo. Lo que importaba era la vida y el Morro de la Virgen fue el sitio escogido para lograrlo. Unos pocos, muy porfiados, hicieron caso omiso al rumor de la gente y optaron por quedarse en sus ranchos humildes, que ahora aparecían en penumbra.
Cuando el agua rebasó el cauce del río y empezó a anegarse el angosto valle, la mayoría de los pobladores ya había alcanzado la cresta de la colina. En medio de la oscuridad no atinaban a observar el caudal de la aguas, pero un susurro persistente les hizo comprender que el río se había desbordado y que la inundación era inminente. Algunos lloraban, desconsolados, al presentir la pérdida de sus cosechas y de sus animales, que hubieron de abandonar en su loca carrera, para salvar sus vidas. Otros, guardando un silencio total, tenían la esperanza de que los daños no pasaran a mayores.
Benjamín, guareciendo a sus hijos y a su mujer, les cubrió con las cobijas, y en un tono optimista les dijo: -Fue una buena decisión subirnos al morro. Al menos tendremos la vida para rehacernos, si se perdieran nuestros rancho y nuestros cultivos. Lo decía, mientras que acariciaba sutilmente a su compañera, desde hacía unos diez años. Ella, en silencio, con el pequeño en su regazo, dejaba escapar algunas lágrimas de sus grandes ojos.
Frecuentes gritos clamando ayuda se escuchaban por las laderas de la colina. Provenían de alguna gente que, en principio, se había mostrado obstinada a abandonar sus viviendas. Cuando alcanzaron la cresta de la colina, la luz, muy tenue, de unos mecheros, permitió que se les viera envueltos en lodo, de pies a cabeza, muchos de ellos acusando dolores en sus cuerpos aporreados. Una mujer, con sus ropas en hilachas, clamaba al cielo por su anciano padre que, al parecer, había quedado sepultado en su humilde rancho. Cuando la avalancha de barro y palitroques penetró con fuerza en la vivienda, el viejo, reducido a la cama desde hacía varios años, no tuvo tiempo de escapar. Ella pudo hacerlo con sus tres hijos, que ahora parecían monumentos vivientes, cubiertos por el cieno. El menor, de aproximadamente cinco años, lloraba inconsolable, mientras que el hermano mayor le limpiaba el rostro con los jirones de su camisa.
A la media noche, el viento frío de las montañas obligó a los habitantes a encender hogueras, para entibiar el ambiente y soportar su permanencia en el collado. Cuando el alba arribó, ya las aguas comenzaban a descender, pero el estrecho valle era un lodazal en el cual varios cultivos y algunas viviendas, endeblemente construidas, habían sido arrasadas por la fuerza del aluvión. Sólo algunos robles, tamarindos y ceibas centenarias resistieron el empuje de las aguas que, enloquecidas, dejaron sus huellas funestas de destrucción. Una vez que descendieron hacia el valle, casi todo el poblado estaba convertido en ruinas. Algunas casas de ladrillo, entre ellas la de Benjamín, había resistido la fuerza de las aguas, que al retirarse dejaron sus cenagosos rastros en sus paredes, que ahora lucían de un color amarillento. Pero en el interior de la vivienda todo era un caos. Un limo pegajoso cubría las camas, los muebles de la sala y del comedor, y hasta la vieja victrola, que en innumerables noches les había deleitado con bellas melodías, ahora estaba cubierta por el fango.
De la tomatera y el yucal quedaron pocas huellas, pero algunas plataneras se mostraron vigorosas ante el empuje destructor de las aguas. La desolación era inmensa y en el rostro, muy triste, de los habitantes, se reflejaba todo el peso de la desgracia. El esfuerzo de tantas horas, de tantos días, de tantos meses, para sacarle el producto a la tierra, se vio frustrado en muy pocas horas, por la fuerza de la naturaleza, que no guardó misericordia alguna para aquella gente laboriosa que, con mucho amor y abnegación, la había regado con su sudor durante mucho tiempo. Un par de cabras, que permanecían atadas con un lazo a un tronco, yacían inertes, cubiertas por el barro y la maleza. Cuando los niños de Benjamín las descubrieron, su tristeza fue grande. Solían cuidarlas con esmero y retozar con ellas muy a menudo.

El río había vuelto a su cauce natural pero sus aguas, muy turbias, aún llevaban consigo troncos y ramas provenientes de la montaña. El fango cubría las callejuelas del poblado y hacía dificultoso el andar de sus habitantes que deambulaban tratando de identificar sus pertenencias, arrastradas por la crecida. El viejo puente de madera que los comunicaba con la población más cercana, había cedido en sus pilotes y ahora se veía inclinado, como si participara de la tristeza que embargaba la aldea.
Corrían rumores de que tres personas habían sido encontradas muertas y otras más estaban desaparecidas. La confusión era enorme y el lamento de la gente colmaba de dolor a la comarca. Pero la solidaridad, que en muchas veces suele agigantarse ante las desgracias comunes, surgió como por encanto y hombres y mujeres, jóvenes y viejos, uniendo sus fuerzas y sus voluntades, comenzaron muy pronto a revivir el poblado. Luego de darle sepultura a sus muertos, en el pequeño cementerio, que tampoco escapó al poder de las aguas, afanosos se dedicaron a reconstruir sus viviendas y a rebrotar sus cultivos.
Han pasado más de cinco años desde cuando el aluvión tormentoso llenó de luto y dolor al poblado. Hoy, un puente de hierro y cemento hace más fácil el transporte con las poblaciones vecinas. El valle ha reverdecido, engalanado de frutales, hortalizas y forraje. Un pequeño hato pace tranquilo a la orilla del estrecho río, que no ha cambiado su curso, pero que luce cristalino mientras que rumorea apacible por el fondo de su cauce. Dos o tres calles, rectilíneas, paralelas al riachuelo, están bordeadas por viviendas multicolores, con predominio del blanco, erigidas en madera y en ladrillo, y adornadas en sus frentes por arbustos frondosos que prestan sus sombras a sus habitantes.
El Morro de la Virgen se ha poblado de arbustos multicolores y una escalinata empedrada hace más fácil el ascenso de los peregrinos que, en cada domingo, suelen visitarlo para entonar una oración o contemplar el follaje maravilloso del pequeño valle. Cinco años después del aluvión, el valle ha revivido gracias al empeño de sus habitantes.
Medellín, agosto de 2004.

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