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Asmedista Destacado

De Gilberto Martínez o un corazón auténtico sin límites

Por Luis Reinaldo Franco R.
Comunicador Social Periodista U. de A.

Médico, nadador, deportista, actor, dramaturgo e investigador, Gilberto Martínez es el héroe de sí mismo. Pese a los obstáculos que ha tenido que sortear durante su paso por este mundo, ha logrado hacer realidad sus sueños y hoy, con el corazón en la mano, lo expresa con orgullo: “No me arrepiento de nada. He vivido cabalmente y he entregado lo mejor de mí al disfrute de los demás. A través de mis obras me he desnudado completamente sin dejar oculto ningún aspecto de mi vida”.

De la medicina

“Comencé a estudiar medicina casi por inercia”, manifiesta nuestro asmedista destacado con una sonrisa que expresa la satisfacción de haber dado durante su vida lo mejor de sí para lograr lo que quería. Sin embargo, en el tercer año de carrera se dio cuenta que no quería ser médico el resto de su vida y se dio, entonces a la tarea de expurgar en el fondo de su ser qué era lo que realmente quería ser y hacer. Pudo darse cuenta que le atraía más la pedagogía en Medicina que la clínica y, después de graduarse en la Universidad de Antioquia y de especializarse en Medicina Interna en Estados Unidos y en Cardiología en México, se dedicó a enseñar.

Recién llegado de México, en 1965, trató de ejercer la medicina privada pero su formación moral y ética le impedían cobrar por las citas médicas, motivo por el cual a los dos meses cerró su consultorio, vendió sus equipos y orientó su profesión, definitivamente, a la docencia.

Tres nombres distintos, un solo personaje

El doctor Martínez nació en una época en que era muy común que los papás pusieran a sus hijos tres o más nombres, la mayoría de las veces con base en creencias religiosas, sin importarles que, muy probablemente, en un futuro esto podría avergonzarlos e, incluso, como en el caso de este galeno, podría ocasionarles grandes dolores de cabeza. “José Gabriel Gilberto es mi nombre, idea de mi señora madre.  José por el nombre del padre de Jesús; Gabriel por aquello de un ángel que me iba a acompañar toda mi vida pero que, realmente, nunca he visto; y Gilberto por gusto propio”, nos cuenta jocosamente, al tiempo que desenrolla de su mente la cinta magnética grabada con recuerdos de antaño, unos alegres, otros tristes. “Mi primer nombre hizo que estuviera encarcelado dos días en Estados Unidos, cuando hice escala en la ciudad en de New York, procedente de Londres. En la sala de espera descubrieron que en el pasaporte, con el nombre de Gilberto, estaba la visa de Cuba (fui Jurado del Premio Casa de las Américas) y me encanaron junto con Gloria, mi señora. Nos despacharon advirtiéndonos que no podíamos volver, sin que antes se nos asignara vigilancia especial. Pude regresar a ese país cambiando el pasaporte en donde figuro con el nombre de José y, posteriormente, hace un año, nos enteramos que aparecía con el nombre de Gilberto Martínez un personaje terrorista internacional el cual era buscado por el FBI y cuya información estaba ubicada en todas las agencias (su foto apareció en Semana y se trataba de un simple dirigente sindical)”. El tener un homónimo de esa calaña le ocasionó al dramaturgo problemas en diferentes momentos, incluso en la actualidad, porque, aunque normalmente viaja con el nombre de José Gabriel, en el medio artístico es más reconocido con el nombre de Gilberto Martínez”.

Del gremio médico

A pesar de su dedicación tiempo completo, a la docencia, al deporte y al teatro, José Gabriel o Gilberto, como el lector lo prefiera, su corazón tenía un rinconcito especial para la lucha gremial y sindical: “Participé con el pleno convencimiento de que el trabajo mancomunado de los médicos era factor decisivo en la reivindicación de sus derechos laborales. Nunca lo hice con un sentido partidista ni de sobresalir como líder. Los líderes se mitifican y se crea una dependencia absurda alrededor de éste. Yo no necesito ningún líder a mi lado, mi único líder soy yo mismo, pero no tengo motivo alguno para mitificarme pues sigo siendo un ser humano común y corriente que vive, siente, goza, sufre y tiene necesidades como cualquier otra persona”.

Son fuertes los vínculos que el maestro Martínez Arango ha mantenido durante muchos años con Asmedas. “Fui compañero de Héctor Abad Gómez, a pesar de tener ambos pensamientos y formas de ser muy diferentes; tuve una estrecha amistad con Leonardo Betancur, a quien le dediqué la obra ‘El interrogatorio’, cuando fue señalado de tener vínculos con la guerrilla por atender alguna vez como médico a un campesino de quien se rumoraba era guerrillero”. A Abad y Betancur los mataron al frente de su apartamento. Ha participado como conferencista en numerosos eventos académicos de la Asociación. “Tengo excelentes relaciones con su actual Junta Directiva, admiro el trabajo que viene desarrollando German Reyes en la Cámara de Representantes. Hay una identificación más de compromiso político, no politiquero, con el gremio, con la Asociación”.

Tropezones y superaciones

Cada minuto vivido por Gilberto Martínez, le ha producido bienestar y tranquilidad porque siempre ha hecho lo que quiere, sin dejarse influenciar por nada ni por nadie. Como anécdota, nos cuenta: “Cuando laboraba en la Universidad de Antioquia, siempre participaba en la defensa de los derechos de los compañeros y eso me ocasionó muchos problemas, más que todo de tipo político, ya que mi modo de pensar y actuar no encajaban con los principios y modelos impuestos por el sistema de esa época (a mediados de la década del sesenta) y compartidos por mis jefes”. En 1965, recién llegado del extranjero, se presentó a la convocatoria para la docencia en el Departamento de Cardiología de la Universidad de Antioquia y, a pesar de ser el más opcionado pues cumplía todos los requisitos exigidos por la Universidad, el entonces jefe de ese Departamento, el doctor William Rojas, frenó su nombramiento por sus supuestas tendencias ‘izquierdistas’. “No me aceptaron simplemente porque tenía una forma de pensar diferente a la de ellos, porque defendía la libertad de expresión, porque hacía respetar unas ideas”. Y es que este dramaturgo, antioqueño de pura cepa, siempre ha estado en contra del sistema en el que la politiquería deforma el verdadero compromiso político que cada ser humano debe tener con la sociedad de la que hace parte. Orgullosamente, asegura que nunca necesitó ‘regalarse’ ni agachar la cabeza ni traicionar sus ideas para poder conseguir un trabajo o alcanzar el éxito.

Maestro y artista

Su vida misma ha sido como una obra de teatro. El médico cardiólogo cuenta su historia y las imágenes que proyecta en su conversación parecen adquirir movimiento en una moviola que las muestra de manera fugaz, entrecortadas. Con gestos de alegría, nostalgia, con los ojos ‘chocolateados’, el maestro relata a Momento Médico cómo incursionó, poco a poco, en el mundo del teatro y la actuación. “Fue aproximadamente en 1955, influenciado por el odontólogo Rafael De la Calle, extraordinario músico, con quien tuvo ciertas diferencias, pues De la Calle consideraba que no era necesario hacer un teatro comprometido. Ayudado por él, ingresé al grupo El Duende de Medellín, del director Sergio Mejía Echeverría”. Allí permaneció varios años hasta que en 1958, junto con Rafael De la Calle y un grupo de amigos, fundó “El Triángulo”, fue aquí el verdadero inicio de su vida en el teatro. En un comienzo, hizo un trabajo muy influenciado por la tragedia de los años de la violencia del país. Posteriormente, hizo algunas obras relacionadas con sus experiencias cuando prestó servicio militar. “Se trataba de un teatro de aficionados en donde comencé a hacer las primeras dramaturgias del famoso escritor norteamericano Arthur Miller con base en sus obras ‘La Muerte de un Viajante’, ‘Las Brujas de Salem’, y llevar a escena ´Todos eran mis hijos´. Miller era un tipo muy comprometido con la sociedad norteamericana y eso era lo que más me llamaba la atención en sus obras”.

Después de regresar en 1965 de Estados Unidos y México, en donde ya habíamos dicho estudió cardiología y teatro, fue nombrado secretario de Educación, Salud y Asistencia Social de Medellín, bajo la alcaldía del doctor Jaime Tobón Villegas. Simultáneamente, fue artífice en la terminación de el Teatro Pablo Tobón Uribe y fundó la Escuela Municipal de Teatro que, a los ocho años, fue cerrada por el entonces alcalde de la ciudad Oscar Uribe, ya que se rumoraba que con el teatro, Gilberto estaba preconizando las tesis izquierdistas de Augusto Boal, famoso creador brasilero de teatro del oprimido que incluyó en sus espacios a los pobres de ese país. “Para mi trabajo, yo tomé muchos elementos de su obra. Monté, entonces, una obra que fue terriblemente cuestionada, ‘Revolución en América del Sur’, que contaba la historia de José Silva, un obrero que fue perseguido y presionado por los políticos de turno que buscaban obtener su voto, pero él no quería hacerlo”. La obra fue montada en una época en que el partido comunista quería participar de las elecciones pero ninguna fuerza política se lo permitía.

El tiempo transcurrió velozmente y dejó a su paso experiencias gratas y otras no tanto, pero el maestro continuó su trabajo y su lucha por hacer un teatro no de diversión únicamente sino de pensamiento, de reflexión y como parte de ese trabajo fundó el Teatro Libre de Medellín, posteriormente el Bululú y luego el Teatro El Tinglado. Editó la revista Teatro en la que publicó parte de su obra dramatúrgica. Más tarde, en 1979, publicó ‘Hacia un teatro dialéctico’. En 1987 fundó la Casa del Teatro, su proyecto insigne, y, para ello, desde entonces cuenta con un grupo que lo apoya, respeta y cree en su labor como formador de actores y creador de espectáculos.

Su inspiración

“Para hacer teatro, me he inspirado siempre en mis experiencias diarias como ser humano y como profesional de la salud. Todas las historias médicas que he vivido, y que me han impactado, las he llevado al arte escénico, las tengo como dramaturgias. Prácticamente, todas mis obras están basadas en hechos reales”. Y con un profundo convencimiento de que lo que ha hecho ha estado bien, manifiesta que “el realismo existe en la medida en que uno sepa aprovecharlo, que la originalidad de un escritor está en la forma que le dé a la realidad”. Afirma, incluso, que sus clases de medicina, cuando fue docente en la Universidad de Antioquia hasta hace 15 años, eran una obra de teatro y que su capacidad pulmonar, adquirida a través de la natación, le sirvió no sólo para obtener el título de campeón de los 400 metros estilo libre en el XIII Campeonato Suramericano de Natación Viña del Mar (para el cual entrenó en una alberca pequeña amarrando su cintura y pantalón de baño de un palo de guayaba el cual jalonaba durante tres o cuatro horas.) y en otros campeonatos nacionales, centroamericanos y panamericanos, sino también para su desempeño en la docencia y en el teatro.

Hoy, Gilberto Martínez tiene 73 años de edad y muchos de sus contemporáneos afirman que está tan vital como en sus años mozos. Él comenta que nunca se ha arrepentido de lo que ha hecho, que eso le ha permitido cobrar vitalidad por lo de la mera satisfacción personal y orgullo propio. Se considera un hombre bueno, auténtico, recto, que durante toda su vida ha entregado lo mejor de sí al disfrute de los demás. Recalca que el teatro es un modo de vida que le ha permitido desnudarse ante otros sin que esos otros se hayan dado cuenta de ello. “Todo lo expresado en esta corta conversación ya lo he dicho a través del teatro, a través de mis obras y de sus personajes”.

Ha sabido vivir y, por eso, está preparado para cuando llegue el final, consciente de que a unos les llega más ligero que a otros, pero a todos nos llega. Enfatiza que lo más bonito de vivir es dejar huellas y recuerdos inolvidables, vivir con una mujer, Gloria, admirable e irremplazable, que es partícipe de sus sueños, y está convencido que, con su trabajo, ha logrado marcar un camino que, difícilmente, el paso del tiempo y la muerte podrán borrar.

 

 

 
 
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