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Estructuras Sociales de la Medicina
(Reflexiones desde el Consultorio de Seguridad Integral en Salud)

La profesión médica es una actividad socialmente reconocida porque sus fines y bienes provienen de una tradición de buenas prácticas clínicas en la comunidad y esto es lo que le da sentido, racionalidad y legitimidad social. Sin embargo, hay que reconocer que ésta no existe como algo definitivo, acabado, porque la misma dinámica social le exige cambios. La historia nos demuestra, por ejemplo, cómo en su faceta bioética –que ha estado influenciada por el compromiso ético del Juramento Hipocrático- ha ido cambiando y evolucionando; se podría relacionar, por ejemplo, la obligación de la firma del “consentimiento informado” como respeto a la “Autonomía del Paciente”, principio que se desarrolló desde el año 1947 con el Código de Nuremberg; y, luego, se podría nombrar la introducción del área de la “Economía de la Salud” en la década de los 80. O sea, es una naturaleza que se va haciendo y desarrollando, lo cual exige igualmente cambios en la formación del profesional.
Por lo anterior, desde el Consultorio de Seguridad Social Integral en Salud que tiene su centro de actividades en el departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, proponemos una reflexión a los mismos profesionales y, sobre todo, a las instituciones formadoras de que esta noción de la naturaleza de profesión debe ser profundizada, clarificada en relación con la naturaleza humana y de las sociedades. Porque en nuestra actividad de consultorio hemos percibido que el personal médico de la salud suele suponer que su tarea consiste en “curar” o “prevenir” la enfermedad, como si la naturaleza de su profesión se caracterizara por unos principios formales, cerrados, inmutables y ahistóricos. Erróneamente creen que desplegar sus conocimientos, técnicas, destrezas en la institución de turno, es el fin de su profesión y en eso solemos pensar que consiste la liberalidad de la misma. O sea, se toma su naturaleza como terminada, a la que sólo se le agregan aditamentos; se olvidan (o no pretenden) desarrollar su esencia: sólo repiten formas humanas (de técnicas científicas o de administración), que cada vez los alejan más de su libertad y los acercan más a la alienación.
Vemos con pesar cómo las políticas de salud nos abocaron a la alienación laboral del médico. Y en este orden de ideas, se puede afirmar que el médico y el personal hospitalario que está a su discreción ejecutan una labor que no les pertenece ni humana ni económicamente porque es ajena pues la aprobación de su actuar pende del asegurador o del prestador si está integrado verticalmente a éste. Aquí se profundiza la diferencia entre el potencial humano y lo que se puede hacer, y esta diferencia no sólo es económica sino humana ya que, en las condiciones en que se hace, su producto no es fuente de desarrollo social. Así, por ejemplo, cada profesional de la salud desciende cada vez más su condición humana hasta convertirse él mismo en un mero instrumento, no dueño de su actividad porque ésta ya no le pertenece. El profesional sólo se realizará humanamente cuando su trabajo sea libre, para lo cual deberá liberársele de los condicionamientos (legales o no) e intereses que lo hacen no libre, o sea, alienado.
El profesional ya alienado actúa sobre los usuarios bajo la apariencia de una auténtica exteriorización de su vida interna, cuando en realidad es la del “otro” (asegurador, prestador o el Estado) y entonces reprime sus cualidades humanas. Este proceso de inconsciente autoalienación construye la esencia de la alienación. El trabajo deja de ser un fin en sí mismo, es decir, que vincula al profesional positivamente bajo una actividad liberada, sino que se transforma en un medio; y de esas actividades hechas como medio, ya no es constructor de la política de salud. Se empobrece, entonces, humana y profesionalmente en lugar de desarrollarse. Se deteriora su posibilidad de creatividad, aprendizaje y comunicación.
Y en nuestra labor de Consultorio queremos enfatizar el rol del “profesional ético” sobre el “agente instrumento”: porque los aprendizajes que se intentan generar están dirigidos al análisis de su actividad que van más allá de aspectos meramente instrumentales; intentan modificar al hombre (profesional – funcionario / trabajador) y su modo de participar en la realidad (¡y con ella!). Porque no debe ser un instrumento para el sistema sino que procurará, a partir de él, modificar conductas, hábitos, actitudes, etc. Pero, si de parte del personal hospitalario se puede afirmar la existencia de Alienación, del usuario se podría predicar Adhesión, y ese será otro tema a tratar, pero del que el médico también debe responder puesto que ha permitido que el sistema imperante rompa con la relación paciente-médico que ya es de desconfianza mutua.
Preguntas:
1. ¿Cómo generar nuevos valores en el médico frente a la prestación de su servicio?
2. ¿Existen instituciones idóneas para realizar tal cambio?
3. La educación, ¿puede o debe tener ingerencia en generar nuevas actitudes en sus educandos y en el modelo institucional de salud, ante la pasividad con que aceptan las directrices -empresarios y oficiales- de la atención médica?

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