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Un cuento extraviado

Para el doctor Vital Balthazar

Por Sandra Castrillón
Octubre de 2005

El doctor Vital sigue teniendo una guayabera larga por bata de médico. Sigue mirando más debajo de sus párpados como si su mirada fuera una bombilla, controlada por los párpados vigilantes.

Ya no recuerdo mucho de ese cuento que se perdió. Todo pasaba a las once del día. Un paciente moría en un pasillo del Hospital San Vicente de Paúl. Por las largas ventanas se filtraba la opacidad de la luz.

Dicha escenografía sólo puede darse en este hospital: los vidrios viejos de las ventanas fueron hechos para el apremio de la espera.

Un paciente iba a morirse de todas maneras. Un paciente Terminal con Tuberculosis. Demasiado tarde para todo. Ese paciente se curvaba completo sobre la camilla en cada acceso de tos. Sus convulsiones partían los oídos y el aire. Las celosías tan viejas, tan amarillas, robándose para la historia de los fantasmas las partículas de esos gérmenes ya muertos.

En el tiempo de ese cuento yo buscaba en el hospital una historia. Me gustaba ese tercer piso, de pisos azafranados de óxido y algunas monstruosas manchas de sangre.

Las manchas de sangre no contaban nada. Las paredes caladas de humedad apenas sí se dejaban conmover con las yemas de los dedos, un susurro demasiado delgado a su contacto era todo lo que aflojaban.

El doctor Vital era un gigante con bata guayabera. Medía y sospechaba los crecimientos de pacientes lánguidos que se subían a su báscula para comprobar lo efímero de sus somas fallidos. Alguna vez, un chico con cuerpo de mujer lloró sorprendido ante la posibilidad de llegar a tener cuerpo de hombre: lloró ante los ojos de lámpara del doctor Vital.

El doctor Vital es especialista en secreciones internas. No sé si las lágrimas sean de este tipo de secreciones. Bajan por las mejillas y ruedan algunos centímetros antes de caer y perderse sin dejar rastro. Advienen de lo intocable, de la tristeza. Pero pueden hacerse a una materia ilusoria que desaparece más rápido que el algodón de azúcar.

Nunca vi llorar al doctor Vital. Aunque siempre me pareció que estaba a punto de confesar las primeras frases de una historia. Yo quería contar el asomo de historia que siempre había en su gesto, aunque fuera un trocito.

Entonces escribí sobre un paciente que se moría de tuberculosis en un pasillo, en este hospital.

 
 
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