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Cátedra abierta

La nueva izquierda democrática





Por Eduardo Cano G.

Médico Salubrista


El protagonista de la película española sobre la guerra civil “Los caballos de Salamina” dice a la periodista que lo encuentra luego de una larga búsqueda, algo así: “La izquierda es una búsqueda de un ideal muy bello, como aquella novia ideal que todos buscamos, y que al final de cuentas resulta diferente para cada uno. En cambio la derecha tiene sus objetivos siempre muy claros, sabe qué es lo que quiere, casi nunca se equivoca y tampoco se divide”.

Esta particularidad de la izquierda, de ser un gran ideal, es su mejor cualidad, es la base de su grandeza, de su pureza y de la huella que ha dejado en la historia, pero también muchas veces ha llevado a la izquierda a cargar con el fardo de la moral de los vencidos.

Los postulados básicos de libertad e igualdad, si todos somos libres todos somos iguales, sostenidos a sangre y fuego por la izquierda jacobina, aquellos que se sentaban en el costado izquierdo de la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa, son extremadamente claros, pero también son infinitamente amplios. Han sido con el tiempo redefinidos de diferentes maneras y términos, con más o menos radicalidad de acuerdo a las circunstancias históricas en las cuales han debido ser aplicados.

La actual nueva izquierda democrática colombiana no debe, por lo mismo, hacer alarde de radicalidad, en un momento en el que se apresta a dar una batalla que puede ser decisiva para el proceso de conformación de un movimiento verdaderamente democrático y progresista de concertación nacional, frente a los diferentes partidos que apoyan la reelección del Presidente.

Estos últimos saben qué buscan, lo tienen definido hace mucho tiempo, en ello no se equivocan; mas, aún, cuando desde los santuarios del neoliberalismo hoy en decadencia en todo el mundo, día a día les están señalando el camino que deben seguir. En cambio, a la nueva izquierda democrática colombiana nadie en Latinoamérica le puede señalar un camino completamente válido y seguro.

Ni Chávez en Venezuela, porque su proceso de maduración ha sido muy largo y porque cuenta con financiación propia: la del petróleo. Ni Lula porque, a pesar de los años que llevó la construcción del Partido de los Trabajadores del Brasil, éste se ha visto desgastado por problemas reales o virtuales relacionados con la corrupción. Tampoco Kirstner en Argentina, pues éste hace parte de un movimiento ya mucho más que cincuentenario, el peronismo, con muchos matices tanto de derecha como de izquierda y con una gran aceptación en el país austral.

Bolivia con Evo Morales, es un gran interrogante en donde sólo su mayoritaria base indígena agrupada alrededor de su presidente, puede darnos alguna esperanza, y hace precisamente la diferencia con cualquier otra izquierda latinoamericana. Tampoco Chile, pues este país merece capitulo aparte. La concertación Chilena, de la cual hace parte Michel Bachelet, es un frente nacional entre el socialismo de Allende y la democracia cristiana de Eduardo Frei. Originado este frente, posteriormente a una de las dictaduras más sangrientas que se haya dado en América Latina y muy posiblemente derivado del complejo de culpa tanto de socialistas como de demócratas-cristianos, por los errores cometidos por los dos y que terminaron con el golpe del 11 de septiembre de 1973 que derrocó al presidente de la Unidad Popular, Salvador Allende, ha sabido llevar un proceso maduro, prudente, pero valeroso, de reconciliación nacional, dentro de un país que, desde hace muchos años, ha contado con una población poseedora una cultura política bastante más calificada que la del resto de los países de América Latina.

Nuestro país, no se parece en nada a los anteriormente citados porque, desafortunadamente, ha vivido años de violencia y despojo derivado de diversos orígenes, que lo han llevado a aceptar en su desespero soluciones mal fundamentadas desde el punto de vista no sólo jurídico, sino también desde el punto de vista político y social.

Desde esta perspectiva, la sociedad colombiana es una sociedad enferma y hondamente dividida, por su historia pasada y reciente, entre víctimas y victimarios; y mientras no se dé un verdadero proceso de reconciliación nacional, es imposible encontrar apoyo popular a soluciones que toquen la raíz de nuestra problemática interna.

En estas condiciones, la nueva izquierda colombiana no puede darse el lujo de ser radical y excluyente. Si de verdad se quiere atemperar un clima de convivencia, la izquierda colombiana tiene que poner por encima de su aspiración a la presidencia de la nación la inaplazable necesidad de crear una concertación fuerte con todas las fuerzas de centro y aún de derecha que quieran contribuir con un programa democrático, progresista y moderno que le permita tener el poder de decisión en los cuerpos colegiados y llegar a aspirar en un futuro cercano al primer cargo de la nación.
La nueva izquierda democrática no puede, en ningún momento, dejarse provocar por el radicalismo y las posiciones de extrema derecha de quienes aspiran a reelegir al Presidente; es decir, que no le pueden hacer el juego a una polarización del país entre fuerzas de izquierda y fuerzas de derecha, situación en la que el centro, que es la gran mayoría de la población, terminaría absteniéndose o engrosando las filas del proyecto reeleccionista.

Porque la verdad histórica ha sido que siempre que la izquierda se ha radicalizado, sin tener un apoyo real y efectivo dentro de la población (es decir, un partido o una alianza de partidos con unos objetivos claros y democráticos y unas bases suficientemente disciplinadas), se ha creado un vacío de poder que ha sido aprovechado por las fuerzas contrarias y para desatar las más brutales dictaduras de derecha.

Esta polarización, entre extrema izquierda y extrema derecha, en nada ayudaría a una salida democrática, y progresista y, por el contrario, ahondaría mucho más la crisis de la democracia que vive nuestro país.

Gran responsabilidad tiene, entonces, nuestra nueva izquierda democrática, mucho más cuando nuestro mundo es un mundo interconectado, en donde sólo quien tiene un apoyo real muy grande en términos de apoyo popular y una financiación muy fuerte como la que tiene Chávez, puede desafiar con relativo éxito la red de componendas, agresiones y corrupción del sistema globalizado neoliberal internacional.

 
 
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