La pólvora decembrina y el servicio de quemados del Hospital Universitario San Vicente de Paúl
Por Bernardo Ochoa A.
Médico Cirujano Infantil
Fue precisamente un diciembre, hace casi cuatro décadas, cuando el Departamento de Cirugía Pediátrica del Hospital Infantil se llenó de niños quemados por pólvora. Y, quienes estábamos a cargo del mismo, tomamos dos decisiones que resultaron bien importantes. Una, modificar totalmente el anticuado manejo de los pacientes llamado método cerrado, cambiándolo por el que poco antes habíamos aprendido durante nuestro periplo de entrenamiento en la Universidad de Harvard, llamado método abierto, para lo cual fue necesario reunir todos los pacientes quemados en un espacio que se empezó a llamar “Servicio de Quemados”. Este cambio de tratamiento tuvo unos resultados extraordinarios pues el control del dolor, las infecciones y las complicaciones, mejoró en forma dramática. La estadía hospitalaria de los pacientes se hizo mucho mas corta y la relación costo-beneficio mejoró en forma impresionante. La segunda decisión fue pedirle a la prensa de la ciudad que denunciara el hecho y le hiciera una súplica a los padres para que protegieran a sus pequeños de los peligros de la pólvora. Era alcalde de la ciudad el doctor Ignacio Vélez Escobar, quien nos envió a su Secretario de Salud para informarse mejor. No tardó el burgomaestre en darse cuenta que se trataba de un problema de salud pública que, como autoridad competente, debía afrontar. Puso entonces a consideración del Honorable Concejo Municipal un proyecto de acuerdo prohibiendo la venta de pólvora en las calles de la ciudad, donde se expendía con absoluta libertad. Una comisión del Concejo se llegó hasta el “Servicio de Quemados” para enterarse con sus propios ojos de la naturaleza del problema. Allí los recibimos, los informamos exhaustivamente utilizando proyección de fotografías y los llevamos a ver los pacientes: niños con quemaduras que deformaban sus caras, niños con pérdida de uno o de los dos ojos, niños con dedos ó manos amputadas, niños deformados para siempre por la acción de la pólvora. Y les mostramos también las fotos de unos cuantos que habían muerto.
Del “Servicio de Quemados” salieron los Concejales de Medellín para aprobar el acuerdo restrictivo de la venta de pólvora. Un año después, el número de aquellos accidentes descendió a menos de la mitad y la tendencia descendente se conservó por muchos años. La prensa registró el hecho y la noticia llegó a oídos del presidente Carlos Lleras Restrepo quien no tardó en invitar al Alcalde de Medellín para que le explicara a los funcionarios de la capital por qué las quemaduras por pólvora constituían un problema de salud pública y cuál era la estrategia para controlarlo. El doctor Vélez Escobar tuvo la gentileza de invitarme a esta reunión en el Palacio de Nariño, donde mis fotografías, con imágenes dramáticas, llevaron a la concurrencia la información exacta sobre el problema en todos sus aspectos, incluyendo los epidemiológicos. Este ejercicio se repetiría posteriormente en otras ciudades del país, ya sin la compañía del alcalde. Fue así como se extendieron las medidas restrictivas sobre la venta de la pólvora a todo el país, un acontecimiento cuyo origen puede trazarse fácilmente hasta llegar al Servicio de Quemados del Hospital de San Vicente de Paúl.
De su sitio original en el quinto piso del Hospital Infantil, el Servicio de Quemados fue trasladado a un local más amplio en el segundo piso y, posteriormente, a la segunda planta del edificio del Banco de Sangre, donde se juntaron niños y adultos. Las quemaduras son accidentes que se presentan con mayor frecuencia en los niños que, aparte de la pólvora como agente causal, encuentran en la cocina de sus casas el sitio de mayor peligro para sus vidas.
En Noviembre de 1982, se celebró en el Auditorio del Hospital Infantil, y en sesión que revistió especial solemnidad, la Reunión Número Mil del Departamento de Cirugía Pediátrica, dedicada al Análisis Estadístico, Complicaciones y Defunciones. El recinto estaba abarrotado con la presencia de cirujanos pediatras de todo el país, muchos de ellos entrenados en nuestro Hospital Universitario, y con los siguientes dignatarios: Doctores Benjamín Mejía C., q.e.p.d., Julio Ernesto Toro, Óscar Velásquez, Mario Botero, Jairo López, q.e.p.d., y Francisco L. Uribe. La señora Beatriz Saldarriaga, de la administración del Hospital procedió a leer una comunicación de la Junta Directiva en la cual “se exalta la labor del doctor Bernardo Ochoa” y se da el nombre de “Sala de Quemados Bernardo Ochoa A.” al servicio por él fundado veinte años atrás. Más tarde se procedió a descubrir la placa en bronce con el nombre del Servicio.
Pero los años no pasan en vano. Y con su paso, cambiamos por ley de la naturaleza y a veces nos tornamos volubles. Aquella placa con el nombre de su fundador ya no aparece a la entrada del Servicio de Quemados. Debe andar por ahí en algún rincón, el del olvido, seguramente con firma involuntaria. Pero lo importante es que el Servicio de Quemados sigue allí, prestando sus invaluables servicios a los pacientes y a los estudiantes de pre y postgrado de ciencias de la salud, como una de las muchas unidades surgidas de la acción sinérgica del Hospital con la Facultad de Medicina para responder a las necesidades de la comunidad. Acción sinérgica, nunca independiente, en el pasado; acción que surgió siempre de los hombres que en un momento dado actuaron en nombre de las dos instituciones y que, con sus hechos, escribieron capítulos de la historia, mismos que inevitablemente llegarán a las generaciones futuras por caminos vedados a todo tipo de control.
Diciembre de 2005

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