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Cátedra abierta

¡Corran, corran, que ahí viene el huracán!

“Una vez más, ¿Cómo expresar la frágil belleza de la tierra?
Michel Serres

 

 


Por Eduardo Cano G.
Médico Salubrista

Hace 25 años, Michel Serres, historiador de la ciencias y filósofo francés, daba a luz su libro “El contrato natural”, en cuya contratapa se leía: “Para el Globo que ahora observamos a veces, las ciencias inventan modelos; sobre él las técnicas actúan. ¿Reacciona? ¿Cómo lo hace? Hemos devenido actores globales, como contrapartida, ¿responde la tierra a nuestros actos? ¿Combate, diálogo o acuerdo? Ante el riesgo de una lucha a muerte, hay que prever un contrato. Esperanza de una vida común, vemos cómo nace la naturaleza.”

Así se expresaba el filósofo francés sobre la necesidad de establecer un contrato con la Tierra, a similitud del contrato social, que trazara las reglas y normas de nuestras relaciones con nuestra madre Tierra, que nos impidiera entrar en una relación de guerra con el planeta.

Hace aproximadamente 5000 millones de años apareció el homo sapiens sobre la tierra. En el transcurso de esta relativamente corta o larga evolución, según la perspectiva, ha dominado el fuego, los metales, el hierro, el bronce y ha fundamentado la agricultura y con ella la vida urbana, con todas sus diversas manifestaciones de seres llamados civilizados.
Su proceso evolutivo ha estado acompañado de la más extraordinaria transformación tanto de su inteligencia como de su cuerpo y de su biología, produciendo como resultado la aparición de la cultura humana, en la cual la ciencia y la técnica, en la actualidad, ocupan nuestro pensamiento y desvelan nuestras mentes.

Ha levantado imperios con intenciones de eternizarse en el poder y los ha visto desaparecer, también ha levantado monumentos de piedra y otros materiales a punto de fuerza laboral humana y plomada, ha conquistado y ha sido conquistado.

Ha creado la ciencia y desarrollado la tecnología. Inventó la pólvora, el papel, la seda, el reloj, la imprenta y descubrió la electricidad, el telégrafo, la radio, la televisión, desintegró el átomo y con esto creo la más horrible amenaza para la sobreviviencia del ser humano sobre la Tierra; viajó a la luna y ha enviado mensajeros inteligentes a otros planetas.

En la actualidad está buscando vida en otros planetas y no podemos albergar dudas sobre grandes posibilidades de que, a largo plazo, emigre hacia otras civilizaciones, con finalidades muy seguramente conquistadoras. Porque si estuviera buscando vida con finalidades filantrópicas no tendría que gastar tanto recurso tratando de hallarla en otros planetas, ya que aquí, en este planeta, hay más de 3000 millones de seres vivos que necesitan ayuda inmediata.

Ha creado los ejércitos más mortíferos de que se tenga noticia, armados con los más modernos y sofisticados instrumentos para matar, y los ha utilizado contra los pueblos hermanos que, no por coincidencia, han sido también los más pobres y desvalidos, en la búsqueda permanente de afianzar su poder sobre todos los pueblos del mundo. Su orgullo, su codicia, su ceguera y su capacidad para la mentira no tienen límites, en la misma forma que su capacidad para soñar con un imperio global.

“Desde la revolución industrial, —dice el autor del libro ya mencionado— se incrementa en la atmósfera la concentración de gas carbónico, procedente del uso de combustibles fósiles, lo que aumenta la propagación de sustancias tóxicas y de productos acidificantes, así como la presencia de otros gases con efecto invernadero: el sol recalienta la tierra y ésta, como reacción, irradia al espacio parte del calor recibido; demasiado intensa, una bóveda de óxido de carbono dejaría pasar la primera radiación, pero detendría la segunda; como consecuencia, el enfriamiento normal disminuiría, al igual que cambiaría la evaporación, como sucede bajo el techo de un invernadero. ¿Corre el riesgo de evolucionar la atmósfera de la Tierra, hacia aquella invivible de Venus?”… “A causa de nuestras intervenciones, el aire varía de composición y, por lo tanto, varían sus propiedades físicas y químicas. Como consecuencia, en tanto que sistema ¿va a alterar su comportamiento?”… ”¿Se puede describir, estimar, calcular, incluso pensar, controlar finalmente ese cambio global? ¿Se recalentará el clima?”… Para la segunda interpretación, hay aquí algo nuevo bajo el sol, raro y anormal, evaluable en sus causas, pero no en sus consecuencias: ¿puede la climatología usual aclimatarlo?” (el subrayado es nuestro).

“La Tierra en su totalidad, está en juego, pero también los hombres en su conjunto”. “La historia global entra en la naturaleza, la naturaleza global entra en la historia: estamos ante algo inédito en filosofía”.

Todo esto se dijo hace veinticinco años en este libro de uno de los pensadores más profundos, y lo han repetido y reforzado muchos otros científicos y pensadores hasta el momento, y nada ha pasado.

Las naciones más desarrolladas sobre las que pesa la gran responsabilidad del calentamiento del clima, como los Estados Unidos, se niegan a tomar medidas sobre el fenómeno del recalentamiento, a pesar de que ellas consumen en forma desmedida combustibles fósiles y a pesar de que el 25% de los coches que transitan por sus carreteras son coches deportivos. Y no sólo eso: también van a la guerra codiciando el petróleo de otras naciones.

También la guerra, en todas sus modalidades, sigue dañando nuestro medio ambiente con la contaminación de residuos nucleares provenientes de la producción de energía nuclear, con el consumo masivo de combustibles de origen orgánico y con la utilización de muchos agentes químicos como el fósforo blanco prohibido por la convención Ginebra, pero, como lo ha denunciado Italia, utilizado en la actualidad en Irak por las tropas de los Estados Unidos.

A todas estas, el ser humano prepotente, cínico y ridículo, no tiene nada que hacer cuando ve venir una catástrofe natural del tipo de los huracanes que hace poco azotaron las costas del golfo de México y la Florida. Sólo puede gritar en su torpeza e impotencia “Corran y sálvense quienes puedan”. Y lo peor de todo es que en la carrera para desalojar las ciudades amenazadas no pudo evitar que, en su afán por evacuarlas, se convirtiera en una tragedia todavía más vergonzosa que la propia impotencia frente a estos fenómenos naturales.

¿No estaremos asistiendo, desde ahora, a lo que el científico, filósofo e historiador de la ciencia francés Michel Serres, en su libro el Contrato Natural, vaticina como la cuenta de cobro del planeta tierra frente a los desafueros y maltratos a que la hemos sometido? ¿Será que el planeta tierra es la única fuerza capaz de volver a equilibrar el poder del hombre frente a la naturaleza y de paso frente a las sociedades atrasadas y empobrecidas? ¡Bien pudiera ser nuestra madre Tierra la única esperanza!

Pero lo grave es que muy pocos de los prepotentes científicos actuales, enredados en la estéril polémica sobre el desarrollo tecnológico, reflexionan seriamente sobre estas paradojas del poder en la actualidad. Porque lo cierto es que toda la humanidad es impotente frente a las fuerzas de la naturaleza que secularmente hemos despreciado y subvalorado, confiados en nuestro poder de seres racionales, técnicos, engreídos y fatuos.

La lección es que nuestra casa, la casa de toda la humanidad, esta pequeña barca en la cual navegamos juntos por el universo, está viva aún, pero maltrecha y paulatinamente en un período relativamente corto nos cobrará, como al parecer lo ha comenzado a hacer, el deterioro a que la hemos sometido.

O¿será que la elite de los países desarrollados, alucinada por su engreimiento, piensa emigrar a otro planeta? No sería raro, pues así lo han hecho siempre las clases dirigentes de las grandes ciudades cuando, luego de reiterados traslados de una zona a otra del entramado urbano, han buscado siempre los mejores y exclusivos nichos para vivir.

Muy posiblemente porque este es el modo propio de pensar de las elites dirigentes en todo el mundo. Explotar el medio ambiente y luego huir abandonando al resto de la población en el medio ambiente que ellas mismos ayudaron a deteriorar con sus negocios y su amor por el poder. Y esta actitud se puede repetir innumerables veces siempre que quede espacio para huir hacia otras zonas paradisíacas aún no deterioradas. Pero, cuando estas zonas se agoten, cosa que ya parece que está sucediendo, se agotará toda posibilidad de sobrevivencia para todos los habitantes de la tierra.
Mientras tanto, ¿podrán nuestros orgullosos científicos, por primera vez, abordar el estudio integral de las soluciones a este problema como lo precisa y merece el sistema global de la Tierra, y dejar las discusiones bizantinas sobre la validez o no del desarrollo tecnológico? ¿Podrán alcanzar a comprender que se trata de un problema de verdadero humanismo, filosófico y político? Humano, porque allí esta en juego el futuro mismo de toda la humanidad como especie; filosófico porque el ser ahí, el ser local, en el fragor de la guerra, no se ha dado cuenta que se convirtió en el ser global y que las decisiones, en este caso concreto, tienen que ser del orden de lo político global.

Pero puede que la consigna de los poderosos del planeta, incluidos los mismos científicos, sea seguir promoviendo la guerra, la contaminación del medio ambiente, el vandalismo de los poderosos frente a los débiles, las tecnologías inapropiadas para que los negocios sigan siendo altamente competitivos y lucrativos y, cuando llegue la ocasión, poder informar, a través de los medios cada vez más poderosos, a la población: ¡Corran, corran que ahí viene el huracán! Y con el peor de los cinismos agregar: Y anote en su brazo su número de la seguridad social, para poder identificar su cadáver.

A modo de Epílogo

“Sin amor no hay lazo ni alianza. He aquí finalmente las dos leyes dobles. Amaos los unos a los otros, esta es nuestra primera ley. Ninguna otra desde hace 2000 años ha sabido ni podido evitar, al menos durante momentos excepcionales, el infierno sobre la tierra. Esta obligación contractual se divide en una ley local que nos pide amar al prójimo; y una ley global que exige que, si no creemos en Dios, al menos amemos a la humanidad”.

“Es imposible separar los dos preceptos, so pena de odio. Amar a sus vecinos o semejantes sólo conduce al equipo, a la secta, al gansterismo y al racismo; en suma, amar a los hombres, a la vez que se explota a sus próximos, esa es la hipocresía frecuente de los moralistas predicadores”.

“Esta primera ley silencia las montañas y los lagos, pues habla a los hombres, de los hombres como si el mundo no existiera”. “He aquí, pues, la segunda ley, que nos exige amar al mundo. Esta obligación contractual se divide en esa vieja ley local que nos ata al suelo en el que reposan nuestros antepasados y una ley global nueva que ningún legislador, que yo sepa, ha escrito todavía, que solicita de nosotros el amor universal a la Tierra física”.

Michel Serres. El contrato natural. Ediciones Pretextos. 1.991. Páginas 85-86.

 
 
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