Callada presencia
Ese aroma que me ambriaga
(Segunda parte)

Por Emilio Alberto Restrepo B.
Médico Ginecoobstetra
Miembro Taller de Escritores Asmedas
… O cuando cogieron de tema o “de teta” al ya nombrado “Memo Piltrafa”, un deslenguado fauno auxiliar de enfermería de los más bajos modales, con la respuesta insolente y oportuna siempre a flor de labios. Se les ocurrió a sus malquerientes la idea de comérsele la merienda mientras el estaba en cirugía. Así, durante varias noches fue despojado de las confituras que amorosamente le empacaba su madre. Cansado de esto, decidió inyectarle gotas de Sinogán, un poderoso tranquilizante a la manzana y al pastel del pollo que en esa noche le empacaron. Por supuesto, éstas desaparecieron y a las 2 horas vimos dormidos, desmadejados, desencajados, a la doctora “María Monster” y al cirujano coordinador que supuestamente eran los únicos que estaban fuera de toda sospecha en el servicio, por aquello de edad, dignidad y gobierno, o simplemente por la lambonería y el arrodillamiento típicos de los subalternos. Esta fue la comidilla burlona durante un buen tiempo, más aún cuando dicha doctora, fea y amargada, de piel verdosa y genio endemoniado, compulsiva, insegura y solitaria, un día apareció sin darse cuenta con la lengua completamente negra, luego de que alguien sustrajo de mi bata de enfermera unos confites de broma que había comprado para llevarle a mis hijos.
Y el manejo de la tensión en el transcurrir del trabajo normal es un verdadero problema. Creo que ningún otro oficio en la sociedad tiene el grado de especialidad, de características tan llamativas y específicas, que el nuestro. Y lo pienso no por lo bueno o por lo malo, sino que trato de hacer una simple descripción, sin tratar de calificar, sólo de expresar.
Los turnos son aberrantes, no hay horarios predecibles, las jornadas de oficina no existen, es lo mismo un lunes que un domingo, el día, la noche, los festivos; las fechas importantes no tienen ninguna significancia a la hora de elaborar un cuadro de turnos, sin que por ello la remuneración sea mejor. Tal vez será por eso que veo tanta gente separada o con conflictos personales o familiares entre nuestros compañeros. Los hijos se quedan muy solos durante su crianza, porque nosotros estamos muy ocupados gastándonos la salud y la juventud en un trabajo que no siempre nos devuelve lo que le entregamos en la misma proporción.
Cuando el gobierno quiere, hace un recorte de personal; cuando el gerente lo dispone, decreta una masacre laboral, nos suprime los cargos, nos baja el sueldo a la mitad, nos recontrata a través de una cooperativa manejada por su familia y nosotros en la mitad de nuestras vidas sin saber hacer otra cosa, dejando la fe y la dignidad arrastradas por el suelo a cambio de algo más fuerte que un sueldo miserable: Una vocación a toda prueba que, en sí misma, entraña una personalidad algo patológica, acaso una aberrante tendencia al masoquismo. Porque, si no es así, quién explica la razón para querer aguantarnos las presiones permanentes de los borrachos en urgencias que noche a noche nos degradan, o la intimidación del sicario y sus acompañantes que por el más mínimo motivo entran ofreciendo plomo e infamándonos con toda suerte de agresiones y ofensas, o de los políticos que creen que el hospital es una extensión gratuita y servil de su directorio para seguir comprando conciencias y fabricando votos que les perpetúen en el poder, o de los policías que simplemente llegan y depositan en la puerta un cadáver víctima de confusas circunstancias luego de sus rondas de vigilancia y preservación del orden; o tener que obligarnos a afrontar la payasada de remitir intubado y con una falsa respiración artificial al gañán que llega con más de 20 balazos, muerto más que merecidamente a buena hora desde antes de llegar a urgencias, pero teniendo en cuenta las amenazas de los compinches de que si les pasa algo todos pagaremos, entonces nosotros vernos obligados a montar la farsa de que lo remitimos vivo, que hicimos todo lo posible para salvarlo y que se murió precisamente al bajarlo de la ambulancia o en la puerta de policlínica; o ver y callar al percatarnos de que noche tras noche Hilda “La Pájara”, cada que llega un herido casi moribundo, se abalanza sobre él, llorando a gritos por el esposo amantísimo que está en grave riesgo de morirse, y en milésimas de segundos lo despoja del reloj, los anillos, la billetera y hasta los zapatos, llorando como plañidera lágrimas reales que brotan como surtidor, gritando con un dolor que desgarra el alma a los que contemplamos el espectáculo de la miseria humana a que conducen el hambre, el vicio y la falta de escrúpulos. En una noche llora a varios “muñecos” y nadie se atreve a impedirle su acoso o “raqueteo”, primero por su velocidad, luego por su histrionismo realmente impactante y también por que al verse confrontada no duda en ofrecer una buena tanda de puñaladas sobaqueras al que se ponga de sapo o de soplón.
Y tener que soportar “gallinazos” o agentes funerarios que rondan a la entrada de urgencias en espera de un nuevo muerto y sus acompañantes a los que, en medio de la confusión y a veces sin que nadie autorice, aprovechan para vender toda suerte de servicios exequiales para todos los gustos y con todos los aditamentos. Casi siempre están encompincados con el personal de vigilancia o de la morgue (que agilizan los trámites de los cadáveres recomendados por sus cómplices y entorpecen la entrega de los que no quisieron hacer contratos con ellos), o de la patrulla de turno, y por épocas se han dado verdaderas batallas por el territorio entre estos buitres mal agüero, entre estas raposas sin respeto por el dolor ajeno.
Y saber que en la morgue se da un verdadero festival del usado, un mercado persa con las pertenencias del difunto en donde he visto con mis propios ojos que el legista aparece al otro día con la chaqueta de un muertico, o el director estrena tenis cada que algún joven elegante es pasado por las armas. Incluso, en navidad me han ofrecido relojes para mi esposo o cachuchas para mis hijos, garantizándome que con un poco de detergente se le quitan las manchas de sangre o los restos de masa encefálica o un zurcido discreto tapa sin huellas el orificio de entrada de la bala asesina.
O tener que tirarme al suelo con el uniforme blanco postrada de la humillación cuando se arman abaleos en urgencias o tener que reconocer ante mí misma que me oriné del susto cuando llegaron a rematar a un herido en un operativo digno de las mejores películas de acción en un trabajo preciso y milimétrico sin rostros visibles, sin reconstrucciones de hechos, sin detenidos y con un occiso más que es llevado al anfiteatro sin diligencias de levantamiento y sin fiscales husmeando e indagando...
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