De la verdad a la reparación en el conflicto colombiano:
un enfoque

Por Carlos Alberto Giraldo G.
Profesor Departamento de Psiquiatría
Facultad de Medicina, U. de A.
Como presidente de la asociación gremial de los médicos, ASMEDAS, puedo decir que, con este evento, le enviamos un mensaje a los colegas y a la sociedad que tenemos que estar concernidos con la reconciliación y la reconstrucción del tejido social de nuestro país. Ya somos famosos en tanto en nuestra práctica profesional en la ciudad de Medellín hemos adquirido mucha habilidad para suturar corazones abaleados y apuñalados, y porque disponemos de muchos riñones y otros órganos de compatriotas que han muerto por causa de nuestras empecinadas guerras, y esas muertes hacen posible que haya más trasplantes.
Ahora se trata de que intervengamos en otro tipo de sutura, la del tejido social. Otro tipo de reparación, la de las almas amilanadas, la de las dignidades socavadas, los afectos truncados y las existencias empobrecidas. Ese es otro lugar en el que debemos estar los médicos, y este evento es un testimonio.
Pero el punto de vista desde el cual voy a hablar es como psiquiatra y como integrante del Grupo de Investigación en Violencia Urbana que tiene asiento en la Facultad Medicina de la Universidad de Antioquia, y al que concurren investigadores de otras universidades de la ciudad como Eafit y Luis Amigó. Para el efecto, y en el marco de un panel denominado “De la verdad a la reparación”, es necesario hacer algunas precisiones iniciales.
No se trata de una discusión clínica puesto que la convocatoria no es para clínicos. Aunque el duelo como experiencia subjetiva es de obligatoria consideración en el marco de la guerra que vive el país, en particular, si se pone la lente en los efectos de la confrontación, en los procesos de paz, y en el postconflicto, se trata en esta ocasión de introducir elementos para la reflexión sobre el lazo social, el duelo y el conflicto como herramientas conceptuales de primer orden para pensar fenómenos psíquicos con implicaciones colectivas. Proponer esta reflexión apunta a ampliar la conciencia colectiva sobre la idea de que la reconciliación y la reconstitución de la sociedad son asuntos que conciernen a todos y todas y, en tanto nos sintamos convocados y concernidos, es posible otro proyecto de país, y las conversaciones de paz con los distintos sectores armados dejarán de ser un eslabón más en un horizonte de repeticiones sin esperanza.
El acercamiento al tema empieza por proponer una reflexión sobre las particularidades del conflicto colombiano en el sentido de ser una confrontación entre semejantes; luego, hacer unas consideraciones sobre la angustia, el dolor, y el duelo como efectos de la violencia y de la guerra; finalmente, plantear algunas propuestas para que la sociedad pueda elaborar y digerir experiencias dolorosas y traumáticas con miras a recuperar su flujo histórico y el proyecto colectivo.
Independientemente de los alinderamientos que pueda producir, el debate que hay actualmente en el país sobre si la confrontación que se vive es efecto de un conflicto o si se trata de una lucha contra acciones terroristas, es de la mayor importancia y tiene consecuencias no sólo con respecto a cómo se ubica cada quien en relación a la sociedad en que vivimos, sino también, a las hegemonías de la comunidad global que padecemos. Ese debate, entonces, se constituye en una de las aristas del conflicto, es otra forma del conflicto dado que genera interrogantes sobre si hay particularidades del desentendimiento entre los colombianos o si se trata de otro escenario más de aquellos que en los polos de poder a nivel internacional se connotan como terrorismo, lo que alimenta la polarización entre puntos de vista.
Frecuentemente, se nos olvida que los conflictos de orden social y político tienen características complejas y que tienen que ver no sólo con los fines concretos que los adversarios persiguen, sino también con las interpretaciones que hacen de lo que está en disputa. En general, lo que aparentemente es fuente de la controversia, es sólo la parte visible de diferencias menos visibles de las que sólo se tiene un conocimiento parcial y cuyo desconocimiento es la fuente de reediciones del conflicto. 2
En la consideración sobre peculiaridades del conflicto colombiano que justifique las diferentes connotaciones, podemos partir de la distinción de dos modalidades: Una, en la que la confrontación se da con alguien a quien se vive como diferente, como ubicado más allá de una frontera dentro de la cual se ubican los iguales y fuera de ella a los extraños. Otra, cuando la disputa se da entre los mismos, entre semejantes.
La vía para aproximarme a la primera dimensión es una reflexión sobre lo que para el psicoanálisis es la fraternidad. Para esto me apoyo en la propuesta de François Leguil en su texto “Política del Psicoanálisis y Psicoanálisis de la Política”. 3 Este autor recuerda cómo para Freud el vínculo social está fundamentado en la delegación que se hace al Estado de la justicia y que al final puede reinar porque se atribuye él mismo el derecho de ser injusto, y en la promesa de fraternidad entre los asociados.
Como la justicia es un imposible: es ciega y cojea, se exalta la fraternidad. Esta última es el ideal de la modernidad que se entroniza como un valor, al que se le impulsa con un insistente llamado a la devoción y al sacrificio. De una cara de la hermandad está el sueño del compartir, de la transparencia, de la simetría y de la renuncia; y de la otra cara está la segregación y la exclusión, el asilamiento del resto, tener el mismo rechazo. Esta última cara es la predominante. Se es colombiano por el odio siempre posible a los que están por fuera de las fronteras; se pertenece a tal o cual grupo porque en él convergen los que son dignos de nuestro aprecio y los que, por lo tanto, se merecen los privilegios. El resultado es el amor a aquellos con quienes nos identificamos, con quienes tenemos algo en común. En esta perspectiva, lo que es posible es el racismo, los fundamentalismos, las sectas, los sectarismos, las capillas, las prebendas y los ismos; el disfrute de los bienes colectivos en razón de pertenecer a un grupo de excepción, a los elegidos, a los herederos de las identidades. Este tipo de fraternidad es una especie de lobo con piel de oveja, para utilizar la metáfora bíblica, que tranquiliza las conciencias y deja una estela de muerte y desolación.
Lo que impide la segregación es el desmonte de la idea de que el lazo social se constituye sobre la base de lo que nos identifica, de que se construye entre los que compartimos unos rasgos económicos, sociales o de sangre, para hacerlo radicar en que todos los asociados ocupan igual lugar en dignidad. En otros términos, separar la identificación y el amor. Esta función la cumple un estado legítimo que regule sin distinciones las relaciones entre los asociados, que provea un trato igual para todos. Para el caso colombiano, muchos autores coinciden en que el Estado ha sido, desde la colonia, un surtidor de dignidades según las identidades, recogiendo una tradición que se origina en la contrarreforma y no una fuente de dignidad para todos los ciudadanos que es lo que previene la segregación y la exclusión.
___________________________________ 1 Apartes de la intervención en el simposio “Violencia, dolor y duelo: A propósito de la verdad, la justicia y la reparación en el conflicto político – militar colombiano” realizado en Medellín el 24 de Junio de 2005
2 HOWARD R. Marc. La cultura del conflicto. Ediciones Paidos. Barcelona, 1995
3 LEGUIL, François. Política del psicoanálisis y psicoanálisis de la política. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2001
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