Ventana indiscreta
El matrimonio de la colegiala
Por Alfredo De los Ríos 
Médico Psiquiatra
Todo el grupo de compañeras se estremeció el día en que supimos que Maribel Restrepo se casaba con Raúl Solórzano, su novio desde seis meses atrás. Aunque era muy heterogéneo en gustos y en matices sociales, nuestro grupo del décimo grado a principios de los setenta - en el colegio de Nuestra Señora del Rocío - era solidario y, pese a los inevitables subgrupos, alianzas y rencillas, existía una especie de personalidad colectiva, que gozaba y sufría al unísono con la protagonista de turno, en especial en los asuntos referentes al corazón y a todo lo que sonara a intimidad o se relacionara con los ejemplares del sexo opuesto. Los primeros asuntos, es decir los del corazón, eran más abiertos y conocidos desde años atrás. Decir "conocidos" puede sonar muy optimista, porque esos asuntos siempre tuvieron demasiados enigmas, en especial en aquellos años escolares, pero se manejaban más abierta y arbitrariamente, es decir, todas podíamos opinar aunque careciéramos de experiencia directa; en aspectos más íntimos, la cosa era distinta, ya que la aureola de misterio, mezclada con temor y vergüenza, era más densa y la experiencia personal, más bien escasa, era excesivamente personal, y casi siempre inconfesable.
Maribel era una de las líderes naturales del grupo, gozaba de gran prestigio en lo académico y era una de las deportistas más notables. Se había destacado tanto en el básquetbol como en la natación y era candidata para participar en las eliminatorias de los cien metros mariposa, a nivel regional, ya que en los juegos intercolegiados del año anterior, había superado el récord para su edad y podía competir con deportistas entrenadas. Era de las más altas y esbeltas, el pelo largo y brillante, que acomodaba en moñas o trenzas para las competencias, mientras en fiestas y paseos era uno de sus mayores atractivos. Su sonrisa llamaba la atención, incluso entre las compañeras, porque parecía de publicidad de dentífrico. Las más rollizas como Mireya, Raquel y Salomé, que poco jugaban al básquet y se agotaban atravesando una piscina de veinte metros, hablaban barbaridades a sus espaldas: que era coqueta, que su papá tenía una amante, que tenía una tía que era separada y alcohólica; todo eso porque no podían señalarle defectos evidentes. En los exámenes, estas maledicientes eras las primeras que se sentaban cerca de Maribel, para poder espiarle sus pruebas y, aunque ella se daba cuenta de la hipocresía de las gorditas, les ayudaba con gusto.
Después de un campeonato en Manizales en el mes de marzo, todo el grupo se enteró de que Maribel se había ennoviado con otro deportista, del colegio de los salesianos, un poco mayor que ella, del grupo que en este año culminaba la secundaria. Las que lo conocían personalmente, se hacían lenguas de la buenamozura y del porte atlético de Raúl Solórzano quien, de una manera insensible, se fue trasformando en el novio del grupo; con conciencia clara o apenas difusa, la mayoría suspirábamos por Raúl, lo que convirtió a nuestros amigos de la época en despreciables sapos, en comparación con el príncipe, que cada cual consideraba suyo a su manera. Cuando sabíamos que la pareja reñía, casi nunca por motivos graves, el grupo se dividía y sus amigas más cercanas la apoyaban y hasta emitían críticas -siempre muy suaves- contra Raúl; la otra mitad, entre las que estaban las rollizas, además de Rocío la barrosa, y de Celmira la que ni con sus lentes correctores podía disimular el estrabismo, le echaban la culpa a Maribel y protegían hasta el absurdo al precioso Raúl, quien por estar tan enamorado no se daba cuenta -decían ellas- de que su novia miraba a un tal Esteban, que pasaba en bicicleta todas las mañanas a la hora de la entrada al colegio, el cual también moría de amor por Maribel.
-Que se quede con el farolero de Esteban y deje a Raulito tranquilo, que no sólo es cuajado sino comedido y huele a Vetíver -decía Mariela, la pelirroja y pecosa de ojos chispeantes, que parecía ser la portavoz del grupo anti- Maribel.
Al principio yo estaba en el grupo de las amigas, pero cuando el fenómeno de amor colectivo se convirtió en una verdadera obsesión, y ya no podíamos pensar en nada distinto, me pasé al de las rivales, porque confieso que en lo más hondo de mi corazón anhelé que Raúl se fijara en mí, y dejara a Maribel. Varias veces soñé que el príncipe me visitaba en mi lecho nocturno y me daba un leve beso, un roce sutil de sus labios con los míos, que al despertar se convertía en una sensación de un realismo impresionante y me duraba varios días, en los cuales casi ni probaba bocado para no borrar ese delicioso efecto. Con toda sinceridad, en aquella época yo no había oído hablar de la masturbación, eso fue por lo menos un año o más posterior a este período; pero puedo asegurar que, sin conocer ese fenómeno de la adolescencia, yo tuve éxtasis inolvidables, después de aquellos y otros sueños porque, al levantarme, sentía un deseo imperioso de orinar, y cuando intentaba no podía hacerlo de inmediato y recuerdo que tenía todo aquello húmedo lo mismo que mis cucos de la piyama, lo que me causó la preocupación de que podía estar orinándome de noche, como me sucedió en un período después de los seis años, posterior a la muerte de mi padre. Pero aquello era diferente y me llenaba de una energía y una tibieza que me hacía caminar a varios centímetros por encima del suelo.
La bomba más impactante fue la noticia del matrimonio de Maribel y Raúl, el primer día después de las vacaciones de mitad de año. Todas las especulaciones se desataron, la primera como siempre, era que la novia estaba embarazada, pero también se agregaba que el padre de Maribel había obligado con arma y todo a que se realizara un matrimonio de afán, en una capilla en las afueras de la ciudad, sólo con algunas personas muy cercanas de las dos familias, y sin ninguna fiesta especial. Parece que el padre de Raúl y el hermano mayor de Maribel no quisieron asistir a la ceremonia.
Maribel no apareció sino en la mitad de la semana, tranquila como una lechuga, fresca y sin hacer ningún comentario, por lo menos hasta que salimos al primer descanso, en el cual le hicieron corrillo las de su grupo más íntimo. Sólo se oían suspiros, risitas entrecortadas y finalmente gritos y carcajadas, con saltos y volteretas, aunque Maribel, un tanto azorada, solicitaba silencio con un dedo en la boca, para tratar de apaciguar la desmesurada emoción de sus amigas. Las que no estábamos tan cerca de Maribel, sólo parábamos oreja y tratábamos de restituir los retazos de conversación pero en realidad no entendíamos casi nada de lo que enloquecía al grupo privilegiado. Sólo con el paso de los días la versión más auténtica logró generalizarse y así pudimos enterarnos sin tantas deformaciones.
Lo del embarazo resultó un simple atraso, que puso a todos a funcionar, lo que en últimas fue el verdadero motivo del matrimonio. Después de esa menstruación tan inesperada, la pareja decidió que como se querían tanto, el matrimonio podría comenzar con bases más firmes. Los padres de Maribel, tranquilizados con la superación de su inminente abuelidad, realizaron una gran fiesta, a la cual invitaron a las más íntimas y las demás recibimos una participación general para todo el grupo. Sin embargo, el interés de la historia no se detuvo en ese punto, sino que en algunos aspectos apenas comenzaba.
A todas las compañeras, de una forma velada al comienzo, y más adelante de manera evidente, empezó a intrigarnos una pregunta: ¿qué era lo que hacían Raúl y Maribel en lo que, de forma tan genérica, se llamaba la vida conyugal ? Las relaciones con los hombres que a todas nos picaba la curiosidad, ¿en qué consistían, no ya en la teoría como nos explicaba la profesora Anita Rodríguez en la clase de Salud y Vida, sino en la realidad de la vida cotidiana? Como de costumbre, Maribel hacía sus confidencias más especiales a su grupo de íntimas, lo cual ya no sucedía en el colegio sino en el propio apartamento de la recién casada, regalo muy especial de los padres de Maribel, con la dotación en su mayor parte aportada por los de Raúl. Según decían algunas, esos condumios vespertinos eran verdaderas conferencias sobre las intimidades nocturnas que hacían sonrojar a más de una de las asistentes.
Como el resto del grupo quedaba al margen de esta preciosa información, y ya cursábamos en esta época el undécimo grado, varias compañeras solicitaron a la ya no tan recién casada, quien posaba como una veterana experimentada a leguas del estado de ignorancia y ansiedad de las demás, que compartiera algo de sus conocimientos y que pidiera a cambio lo que quisiera. Maribel, después de remilgos y expresiones tales como ¿cómo se les ocurre?, decidió ofrecer su experiencia a las demás, en dos niveles de intensidad y profundidad.
Al grupo que podríamos llamar A, sólo les permitiría saber generalidades sobre besos, caricias iniciales, maneras de expresión de la ternura conyugal y una especie de aproximación al erotismo superficial. Por razones de organización, ella misma las escogió dentro de las menos amigas y les solicitó como cuota de ingreso algún objeto de decoración de jardinería o una maceta para su apartamento. Realizaría con ellas un total de tres reuniones y podrían preguntar lo que quisieran, todo dentro de los límites establecidos en el menú inicial.
El grupo B, en el cual yo participé, un poco por la hipocresía de hacerme más amiga de Maribel, tuvo un temario que era más amplio y, fuera de lo tratado en el grupo A, se entraba a conversar y a preguntar sobre actividades nocturnas, formas de seducción y zonas de excitación, hasta aquí eran las mismas tres sesiones; pero la parte más emocionante y codiciada constaba de dos reuniones adicionales: la primera, una disertación muy completa y erudita sobre el miembro masculino. Tamaño, sensibilidad, posibilidades en cuanto a caricias y masajes, forma de funcionamiento, discusión sobre tiempos e intensidades, reacciones posibles del dueño, gustos adicionales y algunas alternativas como el uso de la boca y la lengua y el contacto con otras partes del cuerpo femenino. Aquí, recuerdo con malicia, irrumpieron preguntas entre nervios y sonrisas como: "¿Y es muy duro o suavecito? ¿Y si lo tocas mucho se puede salir la esperma? ¿Verdad que es como un géiser? ¿Si lo muerdes, cómo reaccionaría Raúl? ¿Si es cierto que se rompe una membrana? ¿En cuál momento puede entrar en la rajadura nuestra? ¿Te dolió mucho? ¿Qué es, pues, lo que se siente.??? Cualquier respuesta podría ser aceptable.
La segunda era una descripción detallada y minuciosa sobre el famoso acto conyugal, con todo lo relativo a las sensaciones femeninas, por una sola vez, con derecho a preguntas indiscretas y a revisión de alguna bibliografía del curso de la profesora Rodríguez. Aquí las preguntas eran algo así como: "Y si es verdad la sensibilidad del clítoris? ¿Cómo se siente con la lengua? ¿Cuándo se da uno cuenta de que está bien mojada? ¿Y es verdad que los pezones se ponen duros? ¿Cuánto se demora para que sientas el tal orgasmo, y cómo es? ¿Y si él se desarrolla primero, que hacen? ¿Hablan durante el acto? ¿Es cierto que los hombres se duermen después? ¿Cuántas veces lo hacen en una noche? ¿Te pica al otro día?
En este grupo más avanzado la cuota era más costosa, éramos unas doce, y por parejas deberíamos aportar objetos de decoración tales como una porcelana o un cristal, alguna terracota o de ser posible un electrodoméstico pequeño, que todavía la pareja no hubiera conseguido en su ajuar. Sobra decir que todo este proceso fue sin el conocimiento de profesores y padres, los aportes deberían ser con los ahorros personales y se dio el caso de algunas del grupo A que quedaron insatisfechas y solicitaron apuntarse en el grupo B el cual sesionó con posterioridad. Este grupo fue un éxito en términos de su propósito original. Todas salimos satisfechas en cuanto a la información pero bastante nerviosas y exaltadas en cuanto al contenido. ¡Los efectos en cada participante darían para un tratado sobre iniciación a la vida sexual y sus huellas sobre la psicología adolescente, en especial, como en mi caso, en las niñas virtuosas y desprevenidas!
En los cuatro años siguientes, y esto hace ya bastante tiempo, según mi estadística personal, de las del grupo A, ninguna -salvo las que pidieron el complemento en el grupo avanzado- había contraído matrimonio o había quedado en embarazo; no entiendo las razones. De las doce asistentes originales al grupo B, en ese mismo lapso ocho se casaron, sea que no ingresaran o dejaran los estudios universitarios; dos se embarazaron sin casarse, una de ellas abortó y falleció, y la otra ha seguido su vida de madre soltera, con el rechazo inicial de su familia y finalmente su aceptación y respaldo. Una se trasformó en hippie y lo último que supe es que vivía en Amsterdam elaborando artesanías y traficando con droga al por menor. De las tres que hicieron los dos cursos introductorios, una se fue de la casa con un señor casado y las otras dos han disfrutado una vida sanamente promiscua. La restante soy yo, que después de mucho más tiempo permanezco soltera, disfruté y me culpabilizé con la masturbación hasta que siguiendo el guión de la famosa reunión tuve un primer amante y ahora me acabo de separar de la segunda relación de convivencia. Me llaman la atención los grupos de mujeres y también la posibilidad de experimentar relaciones íntimas con algunas de ellas, experiencia que ya tuve hace algunos meses, con exquisita satisfacción física, pero algo de vergüenza con las enseñanzas de Maribel, que fueron mi ideal erótico.
Maribel y Raúl se separaron antes de los seis años de casados, ella no logró quedar en embarazo y decidió irse como misionera seglar con un grupo religioso a las tribus de Kenia. Y él convive actualmente con Mariela, la pelirroja anti-Maribel, que sólo había participado en el grupo A.
La profesora Rodríguez escribió un texto sobre el conocimiento del cuerpo y la sensualidad para niñas pre-púberes y púberes, al cual llamó Texto de iniciación sexual A y luego un Texto B de sensualidad avanzada e introducción al erotismo para adolescentes mayores. Han tenido verdadero éxito y se estudian a lo largo del bachillerato, el B en los dos últimos niveles.
Por último, quería registrar aquí, que todos estos recuerdos se me avivaron a partir de mis últimas sesiones, en un psicoanálisis al que asisto hace más de tres años y creo que apenas me estoy dando cuenta de lo que fue mi propia adolescencia, y de la importancia -no sé todavía cómo juzgarla -de mis compañeras, de Maribel y de Raúl y, en especial, del grupo B, que dejó huellas indelebles tanto en mi memoria como en todo mi cuerpo erótico, especialmente entre mis piernas.
Aunque la masturbación es a veces necesaria, prefiero estar con otro cuerpo de cualquier género en mis experiencias íntimas. Creo que el amor se da de cuando en vez, pero enamorarse es una verdadera locura; sin embargo, como tantas otras cosas, es necesario haberlo sentido por lo menos una vez en la vida... a veces quisiera tener una hija, pero con esta historia no sé si es conveniente.
En esta época, los asuntos de la sexualidad son mucho más enredados y son demasiadas las opciones. Yo creía que habíamos sido pioneras porque desde colegialas ya creíamos saber demasiado de la vida conyugal; pero las cosas han cambiado mucho: por ejemplo uno de mis hermanos, que nunca presentó nada distinto de los muchachos de su edad, se casó muy joven, a los tres años dejó a la mujer y ahora vive en Nueva York con su compañero masculino. Una de mis grandes amigas, que estudiaba en un colegio de monjas, se fue muy joven al noviciado, entró en crisis a los cinco años de tomar los hábitos y un poco camuflada en Bogotá, convive con una mujer más joven que conoció en el convento. Una de las secretarias de una empresa donde trabajé un tiempo, hizo creer a todos sus compañeros que había conseguido un estupendo trabajo en España, y supe hace poco que lo que había realizado con tanto éxito era una carrera como prostituta, inicialmente en Barcelona y luego ingresó a una cadena de trata de blancas y la encarcelaron en Marruecos. En estos días leí con cierta curiosidad el aumento de la prostitución masculina en Bogotá, Cali y Medellín y no son propiamente jóvenes pobres y analfabetas los que hacen este rentable oficio, sino muchachos de clase media, algunos con alto nivel de educación; en las entrevistas que les hacían decían que al principio no encontraban otro empleo, pero que en la actualidad les gusta y les da dinero y, aunque tienen riesgos con el sida y pueden ser víctimas de violencia, no desean dejar el ambiente.
En estos días he seguido la polémica en la prensa sobre la diversidad sexual y sobre los proyectos legislativos para que los códigos colombianos acepten la validez del matrimonio entre homosexuales, que parece ser que en algunos países ya es un hecho. Me han interesado también las discusiones y las conclusiones que emitieron en el último encuentro mundial sobre el sida auspiciado por la ONU.
Tengo una angustia muy grande, porque en el momento en que escribo estas líneas, recibo una llamada telefónica del Laboratorio Hematológico, en la cual me avisan que la reconfirmación de mi prueba de Elisa, para el VIH que me hice practicar por una antigua sospecha, era positivo.
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