Perfiles
Don Pepe Sierra o "El ternero de oro"

Por Mario Escobar V.
Periodista y Literato
Profesor Taller de Escritores Asmedas
Hasta hace unas cuantas décadas, las de los años cincuenta, para decir de alguien desaforadamente rico, se usaba decir que era "un Pepe Sierra". Así como en la antigüedad se decía de "un Creso". Porque él, don Pepe, y Creso, rey de Lidia, por cuyo reino corrió un río con más oro que arenas, El Pactolo, fueron, cada uno en su época, un paradigma de la riqueza.
Don Pepe fue hijo de Evaristo y Gabriela que, como primos hermanos, compartían el mismo apellido, y fue nacido en algún día del año de 1847, en un predio rural de Girardota. Un municipio cuyos aires olían de continuo a panela en elaboración. Como hoy mismo, pero más.
Aunque en todos los documentos legales se firmó siempre con sus nombre y apellido completos, en todo lo que no fuera protocolario se le conoció como "Pepe", desde antes de los dientes de leche. Y con un "Don" redondo y ancho agregado al principio, después, cuando su fortuna se multiplicaba, por los demás. Un "Don" pronunciado respetuoso y obsecuente y admirado por todos los que conocen el poder de Don Dinero.
En consonancia con su afán de llegar a ser rico, le puso a sus ojos miradas de guerrero. Es decir que blandía como un mandoble una mirada de superioridad que apabullaba. Una mirada de superioridad sin ambages. Porque, de entrada, y siempre, desde que no tuvo más de doce o trece años, pretendió "pordebajiar" a los demás. Hay para decir que lo consiguió siempre, menos cuando malamente le dio por abajar las cualidades y calidades políticas de don Jorge Holguín, que era el presidente de la República. De ahí salió malparado.
Una hermana de su padre había casado con un don Jorge Cadavid. El matrimonio, que poseía una de las mejores fincas cañeras de la región, no tuvo hijos. Don Jorge, en alguna de sus familiares, había engendrado a una niña a quien bautizaron Zoraida. Con la anuencia de su esposa, doña Egidia Sierra, llevó a la niña a su casa a vivir allí en permanencia. El matrimonio la nombraba "la ahijada". La amaban entre ambos con la misma adoración. Hecha de una gran belleza morena, la muchacha era dueña también de un gran recato. En ella puso sus ojos Pepe, y fue bien correspondido, no nada más de la chica sino también de sus padres, que eran los tíos del muchacho.
Antes de cumplir los quince años, ya Pepe estaba manejando en todos los sentidos a la finca de sus suegros. Las malas lenguas no dejaban de zumbar para decir que Pepe estaba enamorado, no únicamente de la chica, sino también, ¡y tanto!, de la finca, que devendría automáticamente en herencia de Zoraida. Era posible, sí. Pero Pepe estaba en su derecho. Porque por trabajador, emprendedor, despierto, juicioso, etc., también era el mejor "partido" de la región.
Así sus hijos, cuando los tuvieron, se ornaban con apellidos dobles: Sierra Sierra Cadavid Cadavid
Pepe, que no malgastaba jamás un centavo, había empezado hacía ratos a comprar lotes. Procuraba que estuvieran adyacentes a los suyos. Las lenguas zumbaban profusamente en la región para decir que cuando bien compraba un pedazo -según sus intereses- y cuando el vendedor malvendía -según los suyos- Pepe sacaba de la caña sembrada en el lote, y en la primera cosecha suya, mucho más del 50 por ciento de lo pagado por la parcela. Es decir, que con la cosecha inseparable de la compra, y una otra conseguida con sus yuntas, ya tenía ganancias, fuera de "librar" el capital.
Pepe Sierra nunca supo negociar de otra manera. Hacía poderosos aliados suyos a las desgracias necesitadas del vendedor. Así, a fuerza de trabajar más que todo el mundo, y de negociar sin compasiones para el vendedor, y quizá durante unos cuarenta años, fue el hombre más rico del país. Lo fue, sin discusión posible, sin comparendos para establecer. Los que le seguían en esa jerarquía, los seguidores, estaban a muchísimos millones de distancia. Sin embargo, fue millonario por la tenencia de los bienes. Jamás por la opulencia de sus disfrutes. Porque él vivía apenas como cualquiera otro que apenas fuera "acomodado".
Su fortuna, alzada de la misma nada, se asentó siempre en la propiedad raíz. En la inamovible: la tierra agrícola. Llegó a ser el latifundista más grande -y mayormente empecinado en serlo- de toda Colombia, y quizá de toda América. Avaro de la tierra, en el sentido estricto de no desprenderse de ella sino de acumular la poseída, nunca se desligó ni de una sola de las varas cuadradas que adquirió.
Hijo segundo de la pareja de primos hermanos, tuvo la estampa física mejor de la camada. Fue el más alto, el más vigoroso, el más ojiazul. El más ambicioso. El más duro.
También el más trabajador. Desde temprano el padre había cedido a sus vástagos la parte de herencia, en vida. Pepe Sierra, que para entonces no tenía bueyes, usaba los del padre, que eran en común, para arar su pedazo en noches de luna, sin gastar farol. Así se aprovechaba de la mayor potencia de los animales en la frescura de lo oscuro, y tenía duplicado el día para las otras faenas: de noche era lechuza y de día gavilán. De vez en cuando descabezaba sueñitos, por ahí, de afán.
Fue, por el siempre de sus días, un cañero. Es decir un fanático cultivador de esos tallos henchidos de guarapo, de que devienen la panela, los azúcares y los alcoholes. Se los había conseguido trabajando más duro que todo el mundo, en más horas, y con más ingenio. Por ejemplo, no vendía su panela en la plaza. En los sábados, cuando la noche subía sobre sí misma apilando paños negros, y se suponía que debería ser el descanso de hombres y de bestias, y sus hermanos se iban de licores a Girardota, y de hembras comunitarias, y de billares, él, Pepe, se tomaba en lo oscuro a las dos bestias caballares que movían el trapiche, las cargaba, y con ellas escalaba montañas, como escarabajos nocturnos: hasta San Pedro. Por esos caminos que la uña de los caballos y el casco bisulco de los bueyes había apelmazado hasta la dureza de la piedra, como insectos monstruosos y nocturnos. Y volvía, domingo noche, con cargas de papa que vendía con ganancia.
Y cerraba duros los oídos a las quejas duras de los hermanos, y hasta a las del padre, que decían que mantenía cansados a los bueyes y a los caballos, sin cansarse él. Que sería mejor para ellos que se cansara un poco. Que no fuera de hierro.
Con monedas de oro que sacó de un baúl, refulgentes, tintineadoras, se mandó a construir un trapiche con una rueda Pelton, movida hidráulicamente. Y así triplicó la producción. Así, molía para otros, alquilando. Porque la Pelton iba a velocidades que jamás alcanzarían las bestias, con presiones mayores en las muelas para mejor extraer la sangre dulce, podía trabajar las 24 horas del día -lo mismo que Pepe-. Y no comía, como las bestias, ni enfermaba. Ni se cansaba, -como Pepe-.
Para alimentar de caña a ese avorazado triturador compró, entonces, por precios impuestos, las tierras de los hermanos.
Ellos siempre sin un peso, y con ganas de gastar, y Pepe siempre con demasiados, y sin gastos que ejerciera. Y entonces a la nueva adquisición la araba: íntegra. La araba como a él le gustaba: más hondamente que todos, más prolijamente que todos. Tumbaba la casa principal y los ranchos todos que tuviera, y esos espacios espigaban desde entonces caña de azúcar. Y araba el espacio del naranjo del patio. Y el espacio del cidrón y de la mejorana. El sitio de los claveles y de las margaritas. Y el lugar de las matas de plátano. Dominaba ya el principio de la rentabilidad de la tierra, con una sabiduría monstruosa, impía: es la rentabilidad masiva. Una programación como ésta: más espacio, igual más caña. Más caña, igual más guarapo. Más guarapo, igual más panela. Más panela, igual más dinero. Más dinero, igual más tierra comprada. Así hasta la náusea.
Una gran parte de su vida tuvo afición por los gallos de pelea. De apostar en esas batallas a muerte que riegan sangre y plumas y corajes por un redondel bárbaro. Es fama que casi nunca perdió en esas apuestas, por no escribir que nunca. La información que acumulaba sobre el gallo contrario al suyo, y la que tenía del propio, eran de un rigor casi científico. Solamente un improbable golpe de espuelas, azaroso, podría privarlo de la victoria y de sus gajes monetarios. Porque hacía pelear a sus animales para que le retribuyeran. No era el placer de ganar lo que lo animaba, sino el de cobrar. Y por eso estuvo en un derecho atroz cuando, ya senecto, regañó a su hijo Vicente:
-A mí no me choca, hijo, que apueste. Lo que me choca es que pierda siempre.
Cuando le proponían negocios de compra de fincas de café, se reía desdeñoso, con esa risa agresiva que es del uso de los que han triunfado. Se reía desde una cumbre de sabedor, de probador con hechos de que sabía lo suyo:
-El café es un negocito para pobres-, decía todo peyorativo. A él, del café, no le gustaba sino el tinto.
Cuando se fue a Bogotá, en el afán de adueñarse de la Sabana, dueño ya en Antioquia de terrenos que iban desde Girardota hasta Itagüí, por todo el centro del Valle de Aburrá, dejó acá a la familia, en Medellín.
En Bogotá se aficionó mucho a una mocita, cuyo nombre no ha transmitido la tradición de las lenguas parladoras de cosas de los demás, ni tampoco su estampa. Debió ser retelinda, para atarlo, y porque él, para eso de mucharejas, tenía muy buen gusto. El chismorreo no demoró en llegarle a doña Zoraida, a pesar de las ingentes distancias y los malos transportes: siempre llega. En cuanto lo supo, la buena señora dispuso, sin consultárselo a él, Pepe, el esposo, trasladarse a la Sabana.
Pepe vino a saber de la llegada cuando la familia estaba ya apenas a cinco días de viaje. De mala gana salió hasta Fontibón a recibirla, habiendo anotado en su libreta, para no ir a olvidarlo, "enverracarme con Zoraida, por venirse sin permiso". Porque sabía que iría a tener discusiones agriadas, con cargos de lado y lado. El tendría los de libertino, esgrimidos por la matrona. Ella, los de haberse movilizado sin permiso del marido, como lo estipulaban, no sólo la etiqueta, sino hasta la Iglesia.
Pero el enverracamiento de Pepe era fingido y culpable, como muchos o casi todos los suyos, y el de ella era más puro que el oro de 24 quilates. Traía una furia genuina, total, absoluta. Y así, cuando él amagó furias, ella le descargó las propias como innúmeros ramalazos zajadores. A más, ordenó regresos a Medellín, y notificó separación de cuerpos y de bienes. Pepe arrió la verraquera, y capituló íntegra, total, supinamente. A ella sí que la quería bastante y no iría a perderla por nada.
Don Pepe tuvo casa en Medellín solamente cuando los negocios se lo impusieron. Y en Bogotá, por lo mismo. Pero su casa no fue la casa de un rico, sino igual a la de todos los demás. Siendo el hombre más rico del país, el hombre que le prestaba millonadas al gobierno y le remataba las rentas de licores, nunca viajó. Apenas a Bogotá y Cali, y una vez a Puerto Berrío. Nunca poseyó nada que no fuera estrictamente necesario a sus negocios. Tenía ordenado que los sobres que contenían las cartas que le llegaban fueran abiertos y utilizados para hacer las cuentas que manejaba el secretario-tesorero. Decía que papel uno y papel el otro. Que no iba a gastar sin necesidad. Así se hacía.
Nunca delegó: sus órdenes eran casi siempre las mismas: "no vendan el ganado hasta que yo sepa la clase y el precio". Y siempre supo añadir: "amansen a todos los terneros, para bueyes. Todos los que nazcan". Tampoco dejó que sus hijos tuvieran acceso a sus negocios. Cuando él murió, la fortuna dejó de crecer: como un cáncer cuando muere el cuerpo del que se nutre. Una fortuna que estaba toda en bienes y raíces, y a la cual no esfumaron ni devaluaciones, ni robos. Porque la tierra es la solidez misma.
En la sabana, asesorado, supo lo de encalar las tierras ácidas. Entonces a sus propiedades les puso encima la capa blanca, para tener después las fastuosas cosechas de trigo. Cuando ya los negocios agrícolas en desmesura no le ofrecieron mayores deleites, dominados todos sus aspectos, controlados férreamente hasta el último detalle, ejerció una clase de transacciones de un buen gusto dudoso: prestamista del gobierno. Este, el cualquiera de turno, porque los gobiernos pasaban pero don Pepe sabía estarse.
El gobierno cedía, por ejemplo, su derecho, arrogado como exclusivo, de fabricar licores. Se remataba ese derecho en todas las provincias de la nación. Y cuando Pepe Sierra, que producía la melaza en sus cañamelares intérminos, se enteró del asunto, lo estudió con minucias. Metía en la calculadora de su cerebro calculador la población total de la provincia, sus días de fiesta, los consumos de licor que había tenido, el número de expendios, y luego -para irse a la fija, él que nunca arriesgaba nada- armaba martingalas con los otros rematadores.
-No nos matemos entre nosotros, decía, matrero . Matemos al gobierno . Entonces pactaban. Uno o dos remataban la totalidad por sumas estudiadas para darle al gobierno lo menos posible, y luego entre ellos "se repartían la marrana".
Como no tenía un computador que le memorizara todos los datos, y que de todos modos tampoco se hubiera comprado, datos que parecían demasiados hasta para una cabeza como la suya dada la desmesura de sus negocios, se fabricó uno a medida: libretas de tapa dura en las cuales anotaba con su letra de campesino sin pulimentos retóricos cada cosa a la que tenía que atender. Su criado aseguró siempre que no dormía. En cuatro o cinco veces de cada noche, ordenaba: "prenda la vela". Una de esas engorrosas, de sebo. Entonces anotaba: "La equivocación de los bonos del 3 por ciento son 400. Reúnasen de noche y bean y estudien las cuentas para resolver que debe hacerse, escribir y ditar probidencias".
Lo anotado es jeroglífico. Es subjetivo. Pero a él le servía. Gastó veintenas de esas libretas en las cuales nunca, !nunca!, aparece una operación aritmética: las desconocía como grafismos. Pero cuando le leían un estado de cuentas sabía, por cálculos instantáneos de su cerebro enseñado a operar con grandes capitales sin la ayuda del lápiz, si el balance era correcto o no. Multiplicaba y dividía y restaba y sumaba en la mente, sin que fuera capaz de escribir ninguna de esas operaciones, ni de explicarlas. Pero no se equivocaba.
Nunca leyó un libro. De leer sabía solamente lo de las cartas comerciales. Pero utilizaba a su nieto favorito como lector: oír la literatura que sus yernos le remitían le era un soporífero inigualable.
Ya viejo, y dueño de la producción de licores, don Pepe no descuidaba la rentabilidad de sus destilados. Si en alguna región el consumo de etílicos decaía, y con él sus ganancias, enviaba a algún propio a la cabecera a que organizara fiestas. Bien religiosas, si el cura se avenía, llevando su partija. O cívicas, con la ayuda del burgomaestre. Así erguía las ventas. Al parecer, dueño ya de lueñes y cercanos latifundios que copaban municipios enteros, y dueño de las rentas principales que la República generaba, y de bancos, le tentó un poco la política. Quizá por animadversiones de alguna índole contra don Jorge Holguín, que era presidente de la República. Don Jorge había sucedido en el poder a Rafael Reyes, uno de cuyos hijos había desposado a una de las hijas de don Pepe: Quizá a don Pepe le tocaba de las animadversiones que los poderosos suelen tener por sus sucesores.
Lo cierto es que, con el pretexto de una emisión de 300 millones de pesos que hacía el gobierno de Holguín, por intermedio del Banco de los Andes, del cual era accionista principal don Pepe, éste desató una lengua injuriosa contra el gobierno, al cual calificó de ladrón. Don Pepe "se enverracó" en una junta de accionistas del Banco, y peroró largamente. Como desde la calle se oía alboroto, y se reunió una cuantiosa turba, don Pepe la aprovechó para salir a continuar despotricando, destapando prendas sucias como cualquier comadre de barriada.
La que se armó iba pareciendo motín, pues don Pepe bramaba que la emisión era un robo, y que él, a pesar de que su banco se beneficiaba, la rechazaba.
Don Jorge Holguín no tenía la mano livianita, y no le interesaba dejar que esos asuntos se crecieran. Y como el poder es para poder, mandó a la tropa a prisionarlo, dicen que violando la Constitución. Don Pepe, engallado, exclamó con amagos de héroe: "a mí me tienen que llevar arrastrado". No había inconveniente, y así, arrastrado, lo llevaron al Panóptico, incomunicado.
Ahí había tropezado con los inicios de su decadencia. Abominó de Bogotá y regresó a Medellín. Un retrato de por entonces lo muestra con la mandíbula de yunque salida, terca, voluntariosa. Y con los labios amargos cerrados en un rictus de desprecio o de hastío. Y con un bigote albo como la espuma de huevos batidos, con agrias puntas cortísimas. Y con los párpados derribados ya por su peso, obesos, casi tapándole el brillo ferino. Y con la frente llegándole a la coronilla con el despoblamiento de los pelos.
Cuando murió, a los 73 años, se inició una partición de bienes que pareció inacabable, con todos los pleitos, amarguras y desavenencias de rigor entre herederos.
Tal vez se entienda: su gozo estaba en poseer, al contrario del gozo de la mayoría que estriba en gastar. Era como los coleccionistas. ¿Para qué gastar, y en qué, si eso no lo satisfacía? Alguna vez le tramaron los yernos un viaje a Europa, y se les escapó en Puerto Berrío. El dinero en sí mismo no le significaba nada. En los bolsillos apenas sí cargaba las gafas, y un peso para algún tinto de ocasión. El dinero es un medio de cambio, y él lo entendió magníficamente. Lo entendía para cambiarlo por lo que amaba: tierras, las mejores. Ganados, los más bellos.
Eso quería, y eso tuvo: dándoselo a sí mismo. Quiso ser rico, como otros quisieron ser músicos, o tallar estatuas, o escribir poemas. En él, el mismo fervor del artista. En ellos y en él la misma pasión, con diferentes fines. Unos sin entender a los otros, y despreciándose mutuos, porque así es la cosa. Pero todas esas pasiones como succionadoras de otro afán cualquiera, vehementes, queriendo ser únicas.
En Bogotá lo llamaron, despectivos, " el becerro de oro ". Se quería significar su carencia de instrucción. Era un error craso: era el más instruido de todos en el arte que amaba: el de hacer dinero, el de acumularlo. Y lo probó como se prueban bien las cosas: siendo el más rico de todos los ricos.
La historia dispersa de don Pepe cuenta de cuatro hijos legítimos y muchos naturales. Agrega que mientras él agonizaba de arterioesclerosis en su casa de la plazuela de San Ignacio en Medellín, su numerosa descendencia gastaba a cántaros en Europa.
Lo cierto es que, hoy por hoy, no hay mucho descendiente que se reconozca en medio de las numerosas familias Sierra, Cadavid, Jaramillo y Reyes, que fueron los apellidos más cercanos a este antioqueño conseguidor de fortunas.
A sus hijos no les permitió intervenir en el manejo de sus negocios. Uno de ellos, Jesús, optó por una vida excéntrica y por contarle a quien quisiera oírlo que su padre lo mantenía con raciones de hambre. Pero cuando murió -Jesús- le encontraron una fortuna en billetes en efectivo.
Uno de los nietos de don Pepe, Bernardo Jaramillo Sierra, "cometió" en 1947 una cruda biografía del latifundista que, al parecer, fue censurada, perseguida y proscrita por el resto de la familia.
Fue consuegro de Rafael Reyes, quien ocupó la presidencia de Colombia: su hija Clara Sierra se casó con un hijo de Reyes. Todavía hoy, en la Sabana de Bogotá, subsiste la ganadería Clara Sierra, que administra su heredera más cercana, la señora Isabel Reyes de Caballero.
En la propia Bogotá, el recuerdo de Pepe Sierra es, si se quiere, más continuo que en Medellín. No en vano hay en la capital una avenida en el norte de la ciudad que lleva por nombre el del hacendado de Girardota.
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