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Literatura

A Gil no lo he vuelto a ver

Por Víctor Grajales H.
Médico dermatólogo

Cuando miré a la derecha, me encontré con su rostro: estaba sudoroso, se veía cansado, el calor de las 3 de la tarde y el trajín de la jornada habían hecho mella en su humanidad. Sacó un trapo rojo y lo pasó por su cara para secarla.

Inmediatamente lo reconocí, estoy seguro que a él le sucedió lo mismo conmigo; sin embargo, sus ojos no revelaron ninguna emoción; no había ni odio ni rencor en su mirada, tampoco alegría, diría más bien que denotaba frialdad o un afecto neutro. Iba conduciendo un taxi de modelo viejo que estacionó a mi lado mientras el semáforo estaba en rojo; en este breve lapso de tiempo recordé los hechos sucedidos hace 40 años. Se llama Hectoré, su aspecto no ha cambiado, tiene la misma expresión en su rostro, tenemos una deuda pendiente, ahora se me viene a la memoria, algo me dice que él también lo ha recordado en este instante.

Gil era un muchacho delgado y encorvado, con nariz roja y redonda, como de payaso; sus mejillas rosadas revelaban que era originario de tierra fría, escaso de músculos, tímido e introvertido de personalidad. Por todo esto me sorprendió cuando, en el intermedio de las clases de la tarde, vi cuando zarandeaba bruscamente a mi hermano menor lanzándolo contra el suelo. Corrí hacia donde sucedían los hechos y, sin mediar palabra, tomé al agresor por el cuello y lo levanté del piso como a un muñeco de trapo, diciéndole que la próxima vez tendría que responder por sus acciones. Más sorpresiva aún fue su respuesta: “a la salida arreglamos“, dijo, utilizando la fórmula acostumbrada en aquellos tiempos para desafiar al enemigo.

Yo, peleador profesional, veterano de mil broncas callejeras, con múltiples encuentros a puño limpio contra los más fuertes del grupo, tomé este desafío casi como una broma, por lo cual durante las clases de la tarde sólo la pasé meditando en la golpiza que le daría a mi atrevido condiscípulo: ”me lo trago sin sacudirlo”, pensaba, “pelea de toche y guayaba madura, le gano con los ojos vendados y una mano amarrada”, me decía. “Dios mío, ponémela mas difícil”, bromeaba para mis adentros. Sabía que Gil no aguantaría la primera tanda de golpes. Era inevitable: aquella sería otra tarde de gloria para mi hoja de vida de peleador callejero, sólo que esta vez, la alcanzaría casi sin ningún esfuerzo.

Llegada la hora de salida, a las 4 de la tarde, esperé en la puerta de la escuela la salida de mi próxima víctima. A mis espaldas, formando un semicírculo, estaban los que siempre me acompañaban para animar los encuentros a puñetazos: Rendón, provocador de oficio; Esdras, mi maestro, de quien aprendí todo lo que sé en materia de riñas callejeras; Moreno, Zapata y Restrepo, silenciosos y retraídos, quienes nunca me desamparaban en estas circunstancias; pero estaba especialmente tranquilo porque allí se encontraban los tres amigos que eran como un amuleto de la buena suerte: Gonzalo, Carlos y Alberto, nunca había perdido las peleas cuando ellos estuvieron presentes. Ello me dio aún más confianza y la seguridad de que en esta oportunidad saldría ganador nuevamente.

Al poco rato apareció Gil, traía también su séquito de amigos y entre ellos estaba Hectoré. Cuando estuvieron frente a mí, este último se adelantó diciéndome:”lo que es con él, es conmigo”. Hectoré era fuerte como un buey, en altura me llevaba una cabeza y media; su rostro inexpresivo y su mirada fría le conferían un aspecto feroz, capaz de causar miedo a los más belicosos de la escuela; de manos grandes y dedos gruesos, como de agricultor; brazos musculosos que impulsaban golpes que se sentían como martillazos. Por su origen, le decíamos “El bogotano”. Cuando escuché esta advertencia, comprendí por qué Gil me había retado con tanta tranquilidad; caí en la cuenta de que seguramente eran paisanos, claro, sus rasgos de muchacho de tierra fría así lo delataban; también entendí lo dicho por mi madre unas semanas antes para justificar el asilo que había brindado a unos paisanos suyos desplazados por la violencia: “la hermandad que da el haber nacido en la misma tierra tira tanto como la que da el llevar la misma sangre”, había sentenciado entonces. Era cierto, la prueba es que, en aquel momento, nos enfrentábamos el uno por defender al hermano y el otro por defender al paisano.

Mi sorpresa fue mayúscula, en un momento todo había cambiado repentinamente; lo fácil se tornaba en casi imposible, el paseo se convertía en pesadilla, era casi seguro que de allí saldría con una derrota tan aplastante como nunca antes la había padecido. Pero ya era tarde para echar atrás, ya no podía retroceder, nunca lo había hecho y, en ésta oportunidad, tampoco lo haría. Alguien a mis espaldas dijo en voz baja: “ya las cartas están echadas y hay que jugar la partida”. Era cierto, la situación estaba demasiado complicada pero era irreversible, mi destino estaba marcado, el juego ya estaba repartido; seguramente “El bogotano” pensaba en ese momento, con respecto a mí, lo mismo que yo pensé momentos antes con respecto a Gil: me vería como una presa fácil, como un rival insignificante, me volvería papilla con unos cuantos golpes.

Conciente de que mi derrota era inminente, me preparé para hacerla lo menos catastrófica posible; fue así como introduje las manos a los bolsillos del pantalón y allí busqué mi arma secreta, la que guardaba para usarla en casos difíciles como el presente: se trataba de unas canicas de plomo, las empuñé con fuerza una en cada mano; con éstas firmemente cerradas, el golpe dado multiplica su poder varias veces, ya lo había comprobado en otras situaciones complicadas, aunque era claro que, en esta ocasión, la ayuda sería insuficiente. Al sacar las manos cerradas de los bolsillos, mi rival notó que algo raro me traía entre ellas por lo cual me exigió abrirlas antes de iniciar el pleito; me negué rotundamente porque supuse que su duda me daba una pequeña ventaja sicológica. Aproveché su confusión y, siguiendo el consejo de mi maestro Esdras, quien murmuró a mi oído: “no le mostrés miedo”, lo reté a pelear con la fórmula convencional: venite pues, arrancá, dale si sos macho, le dije en varias oportunidades, sin que mi enemigo se inmutara. Su respuesta era una mirada helada e indiferente, casi de desprecio, como se mira a un pequeño bicho, aunque varias veces mis frases desafiantes fueron acompañadas de débiles choques cuerpo a cuerpo originados por los empujones que en la espalda me daban mis amigos.

Su falta de respuesta hizo que el desconcierto me llegara de nuevo; no lograba entender el por qué, si tenía todo para apabullarme a golpes, si podía aplastarme como a un insecto, “El bogotano” permitía que lo desafiara delante de todos sin siquiera pronunciar palabra. De repente, mi contrincante manifestó repetidamente que sólo pelearía si nos trasladábamos al semáforo de la esquina; ante su insistencia, optamos por dirigirnos allá. Al llegar al lugar acordado, Hectoré arremetió con toda su fuerza contra mí, yo sentí como si una tormenta eléctrica me hubiese envuelto con toda su fuerza; cuando ya iba a descargar su potente golpe sobre mi cara, observé que el semáforo cambiaba a verde, entonces hundí el acelerador y observé por el retrovisor cómo el vehículo que conducía mi enemigo se quedaba en la subida de la loma, estaba tan cansado como su conductor, los años de trabajo también habían hecho mella en él.

Hoy también funcionó mi amuleto de la suerte: aunque no vencí en la pelea, me salvé de una paliza segura y humillante. El combate queda aplazado hasta el próximo semáforo donde nos encontremos. Aún no hemos terminado, sé que la oportunidad de finiquitar este asunto llegará algún día, para entonces espero contar nuevamente con mi amuleto.

A Hectoré lo vi esta tarde, a Gil no lo he vuelto a ver.


 
 
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