ARTÍCULOS
. La medicina como
antropología.

. El bebé que nunca
se pudo afiliar al
Sistema.


. El drama de la maternidad en
Colombia .

. Salvemos al IMI.

. El canibalismo
médico.

. La mente reactiva.

. Gerentes de las
ESE hospitales
anuncian quiebra.

. El cáncer de los
hospitales.

. Asmedista
destacado.

. Política.

. Ser Laboral.

. Internacionales.

. De la verdad a la
reparación en el
conflicto nacional.

. De Maquiavelo a
Uribe Vélez (IV)

. Mafia y
Narcotráfico.

. Los presagios
de Simón

. El matrimonio
de la colegiala

. Usuarios.

. Don Pepe Sierra
Perfiles.

. Literatura
A Gil no lo he
vuelto a ver .

. El fogón
indígena
Cocina y Cultura.

. Ese aroma que
me embriaga
Callada presencia.

. E-mail.

. Agenda
 

Jubilados

Los presagios de Simón

Por Roberto López C.
                             Vicepresidente Fondo Social Médico de AMDA

En la riscada orilla, al final de la ensenada, las olas se rompían en mil pedazos, salpicando a los muchachos que alegres saltaban entre las rocas. Las playas de El Rodadero aparecían colmadas de gente, muchas de ellas procedentes del interior del país, que habían llegado a disfrutar de sus vacaciones. Cambiar el ambiente paramuno que se respira en las montañas por el aroma que despide el mar Caribe, así sea por unos pocos días, resulta muy placentero y reconfortante para el espíritu y, aún, para el cuerpo.

Gaira, a escasos metros del mar, es un pueblo apacible que durante muchos años tuvo como principal ocupación la pesca. Los tiempos han cambiado y, ahora, muchos se dedican a pequeños negocios para atender a los turistas que buscan en sus playas un descanso pasajero, luego de un año de persistente labor. El temperamento abierto y receptivo de sus pobladores hace mucho más amena la estadía en ese lugar.

Entre la multitud que ocupaba los toldillos y las arenas de la playa, María Teresa y Julián descansaban plácidamente en compañía de unos amigos. Habían llegado cinco días antes, procedentes de Medellín en donde tienen sus negocios y ejercen sus profesiones.

--Tengo deseos de ir a saludar a mi padre -dijo Julián, dirigiéndose a María Teresa, quien, tendida en la playa, lucía un vestido de baño de fondo azul, muy floreado. Unas finas gafas oscuras protegían su vista del sol sofocante en aquella tarde de enero.

--Me informaron que está pasando vacaciones en casa de una hermana de crianza -agregó.

--¿Cuánto hace que no le ves? - preguntó su mujer.

--Hace un mes nos encontramos. Le vi muy desmejorado; su andar era torpe y arrastraba las palabras al hablar.

--Pero... ¿recibe tratamiento médico? -le interrogó.

--¡Sí! --Padece problemas de la tensión arterial que han afectado su corazón. Años antes fue un gran fumador y el tabaco alteró sus pulmones.

--¿Sigue escribiendo? -preguntó María Teresa.

--Por momentos -fue la respuesta de Julián. Continúa siendo un gran lector.

No eran aún las cinco de la tarde, cuando decidieron salirse del mar. El sol, inmenso como una bola de fuego, caía lentamente, hundiéndose en el horizonte. Las aguas comenzaban a enfriarse por los fluidos que bajaban de la sierra. Se fueron al apartamento que habían tomado en alquiler, a menos de tres cuadras de la playa, y después de cambiarse de ropas se dirigieron a Gaira. Los separaban unos dos kilómetros o un poco más.

Frente a la iglesia, pintada de blanco, en cuya torre aparecía un reloj enmohecido que ya no marcaba las horas, un parque, pobremente arborizado, en cuya parte central aparecía el monumento de un personaje ignorado por las gente del lugar. Quizá algún maestro de escuela o un estudioso de la historia regional, tendrían idea de quién se trataba. En la esquina noroeste del parque, en donde dos acacias enormes ocupaban la acera, una casa grande, cuyo amplio patio estaba sembrado de frutales, era el domicilio habitual de la familia Arregocés, muy apreciada en la población. A su lado, otra casa, no tan espaciosa como la anterior, en donde reside Sofía, una hija casada, con su esposo y sus dos hijos. Todos, amables y receptivos, acogen con cariño al viejo Simón, próximo a cumplir sus ochenta años.

Vecino de Eloísa durante su niñez y su juventud, por la costumbre de compartir muchos ratos de alegría y de tristeza, se consideraban "hermanos de crianza". La madre de Simón murió a causa de una fiebre puerperal, cuando éste apenas contaba con diez años de edad. Don Tiberio, padre de Eloisa, y su segunda esposa, Adelina, se encargaron de cuidar al muchacho y a dos hermanos más, menores que Simón. La madre de Eloisa también había muerto cuando ella tenía dos años de edad.

Hacía más de cuarenta años que Simón había emigrado hacia el departamento de Antioquia, mientras que Eloisa permaneció en el pequeño poblado, siendo testigo fiel de todos los cambios que había experimentado la playa de El Rodadero y también la pequeña población. Pero, ni el paso de los años, ni la distancia que los había separado, pudieron romper ese vínculo fraternal. Seguían comunicándose telefónicamente y ocasionalmente solían visitarse.

Cuando Julián y María Teresa llegaron a casa de Eloisa, ésta conversaba amenamente con Simón, cuya piel blanca aparecía tostada por el sol, luego de dos semanas de vacaciones. Sus cabellos, completamente blancos y las arrugas que surcaban su frente y sus mejillas, compaginaban con su edad avanzada. Charlaban con entusiasmo, y reían recordando pasajes divertidos de sus vidas, cuando apenas eran unos niños. Hacía más de cinco años que no se veían, pero ahora pudieron encontrarse, con motivo de las fiestas de fin de año. La casa de Eloisa servía de albergue a Simón y a una nieta, pequeña, que le acompañaba. Reposaban en sendas mecedoras, disfrutando de la brisa fresca que procedía del mar, allí en la acera de la casa.

Julián y su esposa les sorprendieron con su presencia. Ocuparon unas sillas de mimbre de espaldares ovalados que les brindó Eloisa.

--¡Desde cuándo están por acá? - les preguntó.

--Vinimos el veintinueve de diciembre por la noche -puntualizó María Teresa .Estamos en compañía de unos amigos.

--Por un amigo me enteré que estabas acá -dijo Julián, dirigiéndose al padre. Quisimos venir a saludarles. Noto que estás muy tostado por el sol -agregó-.

El viejo sonrió y con voz pausada le dijo: ¡Y eso que he ido a la playa en horas de la mañana, antes de que el sol caliente demasiado! Mi piel es muy sensible al sol -anotó.

La conversación se animó al calor de unos wiskys. Cuando Eloisa y María Teresa ingresaron a la casa, el viejo Simón y Julián permanecieron en la acera; la charla se tornó más personal. Julián contó a su padre sobre sus actividades profesionales y los proyectos que tenía en mente para el año que apenas se iniciaba. El viejo, por su parte, comenzó a relatarle fragmentos de la novela que escribía; había publicado varias y, a pesar de sus años, intentaba seguir escribiendo. Su voz era quebrada pero hilvanaba con soltura sus ideas y al relatar el tema de sus escritos, solía acompañarlos con gestos teatrales y sus ojos brillaban de emoción.

Julián sonreía, admirando la capacidad creativa y la gran lucidez del anciano. Durante muchos años dejaron de verse; no tuvieron comunicación entre sí pero hacía poco más de quince que volvieron a encontrarse. Entonces, mantuvieron una buena relación.

--¿Cuándo regresas a Medellín? -preguntó Julián al viejo.

--Pasado mañana, jueves, me iré. En el vuelo nocturno -agregó. Debo estar en el aeropuerto a las siete, ya que el avión sale a las ocho.

Julián miró, sorprendido, al viejo y le interpeló: --¿Por qué viajas de noche y no de día?

El viejo Simón, llevándose la mano al mentón e inclinando un poco su cabeza, como si quisiera analizar su respuesta, le dijo: --¡No hay cupo en los vuelos diurnos, hasta el próximo lunes! Además, el vuelo nocturno del jueves va directo a Medellín. Otros deben ir primero a Bogotá.

Cambiando el tema de conversación, Julián preguntó a su padre sobre su estado de salud.

--¡Tú mismo puedes comprobarlo! En estos días he caminado mucho y no me he fatigado - le dijo, con aire satisfecho y cierto tono jactancioso.

Ambos festejaron la observación del padre. Súbitamente, el rostro del anciano se tornó muy serio y mirando fijamente a Julián, le dijo:

--¡Quiero contarte un asunto!

--¿De qué se trata, papá? -le interrogó Julián.

Con una sonrisa, un poco forzada, el anciano le respondió: --¡Es una tontería! ... pero te la contaré.

Con actitud muy solemne, el viejo empezó a relatarle acerca de un sueño que había tenido.

--Hace algunas noches, ya era de madrugada, soñé con mi padre -le dijo.

--Sabes bien que él murió hace muchos años, en Manizales -agregó, a su relato.

--¿Y qué soñaste?

--Vestía una bata larga, de un azul intenso. Su pelo, abundante y casi blanco, lucía desordenado, cubriéndole parcialmente sus orejas. Durante largo rato me pareció ver su figura, que recorría un largo corredor adornado con geranios rojos sembrados en varias canastillas que colgaban del alero de la casa.

--Muy serio y en tono imperioso me dijo:--¡Pronto vendré por ti!

--¿Cuándo será eso? -le preguntó.

--¡Antes del veinte! -fue su respuesta.

--¿Del veinte de qué mes?-volvió a preguntarle.

--Del veinte de enero --dijo, con una sonrisa burlesca. ¡No te preocupes, que el final será tranquilo! -agregó, haciendo un gesto con sus manos.

--¿Y... entonces, qué pasó? -le preguntó, impresionado Julián, ante la descripción tan detallada del sueño del anciano.

--Luego, desapareció. Yo desperté, muy perturbado y algo confuso.

--¡No hay razón para que estés preocupado! Fue sólo un sueño y... como dice el adagio :"los sueños ...sólo sueños son",-Dijo Julián, sonriendo. Quería restarle importancia al asunto, cuando comprendió que a su padre le había impresionado el sueño referido.

El viejo Simón asintió con la cabeza, como si aceptara la realidad del dicho popular y la opinión del hijo.

--¡Sí! ¡Sí! ¡Lo recuerdo muy bien! Pero...ese sueño fue tan real...

--En fin, cambiemos de tema -dijo, con una leve sonrisa.

María Teresa y Eloisa volvieron a hacerles compañía y a participar activamente en la conversación.

Degustaban un par de wiskys, cuando el reloj de pared señaló las once de la noche. Ambos se mostraban eufóricos. No faltaron las anécdotas y aún los chistes que todos festejaron, hilarantes.

Un poco antes de la media noche, María Teresa y Julián se despidieron de Eloisa y Simón.

--El miércoles vendré por ti para llevarte al aeropuerto -le dijo Julián a su padre.

--¡Estaré aquí a las seis en punto! -le aseguró.

--¡Muchas gracias! ¡Te esperaré! - Le dijo el anciano, con voz quebrada, por efecto de los tragos.

En su automóvil, Julián y María Teresa partieron hacia El Rodadero. A pesar de la hora, la agitación allí era patente. Muchos jóvenes, algunos de ellos bajo los efectos del alcohol, formaban corrillos y escuchaban música estridente. Escasos restaurantes permanecían abiertos, atiborrados de turistas que departían al calor de unos tragos. En la playa también se veían grupos de muchachos que charlaban alegremente, alrededor de unas fogatas. Pero María Teresa y Julián deseaban dormir y se dirigieron a su apartamento.

El verano había imperado durante varios días; pero el jueves 3 de enero por la tarde el cielo comenzó a tornarse gris. Cúmulo de nubes se desplazaban lentamente hacia el sur y una leve brisa fría modificó la temperatura. Tal como lo había prometido, Julián llegó un poco antes de las 6 a casa de Eloisa; le acompañaba María Teresa. Ya su padre tenía ordenadas las maletas y la pequeña Rosario, su nieta, lucía bien acicalada y contenta por la cercanía del viaje. Una tenue llovizna caía sobre el poblado, cuando el grupo familiar partió hacia el aeropuerto, situado a menos de veinte minutos del poblado.

La lluvia arreció y cuando llegaron al aeródromo el descenso se hizo dificultoso. Un mozo les facilitó un gran paraguas y llevó sus maletas hasta la recepción. Mientras esperaban la salida del avión, conversaron sobre temas diversos. El sueño con el padre volvió a surgir durante la charla, pero Julián le restó importancia y, a propósito, cambió el tema de la conversación. No le cupo la menor duda de que, la imagen del abuelo rondaba por la mente de su padre.

Cuando llamaron para abordar la nave, llovía con menor intensidad. Protegido por un paraguas, Julián acompañó a su padre y a la niña hasta el avión, en donde les recibió una azafata vestida de un elegante uniforme azul turquí. El viejo subió la escalerilla con cierta dificultad. Se despidieron con un abrazo.

--¡Gracias, por todo! -le dijo, cuando cruzaba el umbral de la portezuela del avión.

--¡Adiós! ¡Nos veremos pronto, allá en Medellín! --dijo Julián, con una amplia sonrisa. Trataba de disimular su preocupación por el estado de salud de su padre.

Eran las ocho y diez minutos cuando el avión avanzó hacia la pista, para iniciar su vuelo hacia Medellín. El viaje, hasta el aeropuerto de Rionegro, tendría una duración aproximada de hora y media. Fue la última vez que Julián y su padre tuvieron la oportunidad de conversar.

A principios de la segunda semana del mes de enero, Julián y María Teresa regresaron a la ciudad de Medellín. Deberían comenzar sus labores profesionales, luego del descanso vacacional.

Dos semanas después de haberse despedido de Julián en el aeropuerto, el viejo Simón festejaba, en familia, el cumpleaños de una nieta. Conversaba, muy entusiasmado con los allí presentes, cuando súbitamente sintió un mareo y, sin fuerzas, se reclinó en un sofá. En principio creyeron que era efectos de unos pocos tragos que había tomado, pero cuando notaron que el anciano convulsionaba, resolvieron llevarle a una clínica cercana. Eran las 9 de la noche del 20 de enero.

Cuando llegaron a la clínica, no fue capaz de responder a las preguntas que le hacía el joven médico que le atendió; estaba confuso y desorientado. El profesional comprendió, desde un principio, la gravedad del viejo y dispuso su traslado al hospital, donde existían mejores recursos. Cuando lo ingresaron al sanatorio, ya había perdido el conocimiento.

Lo llenaron de tubos: por la nariz, mediante un catéter, recibía oxígeno; una sonda vesical facilitaba la eliminación de los orines; por las venas de sus brazos le transfundían líquidos y medicamentos. Permanecía inmóvil, con su mirada fija, como si estuviera observando y reconociendo a quienes le rodeaban, sin poder comunicarse con ellos. El neurólogo lo examinó en la madrugada. La radiografía del cráneo reveló un extenso derrame que ocupaba el hemisferio cerebral izquierdo, causa principal de su estado crítico.

Un neurocirujano opinó sobre las posibilidades de un drenaje craneal sin garantizar su recuperación. Su médico de cabecera y amigo personal, más comprensible, tomó la decisión de no intervenirlo quirúrgicamente. Tres días más tarde, una bronconeumonía complicó su estado de salud, ya deteriorado, y acabó con su vida.

El padre de Simón había cumplido su promesa.

 
 
¿Quiénes somos? | Contáctenos | Sugerencias
© Copyright ASMEDAS 2004 (Asociación Médica de Antioquia).