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El bebé que nunca se pudo afiliar al Sistema

 

Por Fabio Alberto Henao A.
Coordinador Consultorio Seguridad Social Integral
Departamento Medicina Preventiva Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia

Y Giovanni Alberto V.
Abogado Consultorio Seguridad Social Integral

A ella no le atemorizaba la enfermedad ni sus padecimientos, así como tampoco le temía a los hospitales pues, como estudiante de medicina -próxima a graduarse-, ya conocía bastante de las aglomeraciones en urgencias, del tenso silencio de las salas de espera y de la expectativa desesperante de un milagro en el quirófano. Pero ahora, como mujer embarazada, se enfrentaría a la nueva experiencia de ser madre, y lo único que sabía de eso eran los conocimientos médicos en obstetricia que, pensó, serían suficientes; pero por ironías del destino, la vida le iba a obligar a recordar lo que tanto se esforzó en olvidar: que el sistema general de seguridad social en salud en nuestro país reducía a toda persona a ser “un afiliado más del sistema”; sin importar su condición de mujer y madre priorizada para la atención en todas las entidades prestadoras de servicios de salud, ya sean públicas o privadas.

Se iniciaba el año 2005 y Esperanza completaba 29 semanas de embarazo. Siendo la tarde del día dos de enero, sintió un malestar que interpretó simplemente como síntomas normales de toda gestante, definiéndolo como un cuadro de escalofríos y fiebre subjetiva. Así que, pensando en síntomas gripales, no se alarmó. A la madrugada del siguiente día, siendo la una de la mañana, se despertó abruptamente por un dolor abdominal tipo cólico cada vez más intenso y acompañado de vómito. Sabía que algo andaba mal, y, lo peor, estaba sola, salvo por su carné de la EPS (Empresa Promotora de Salud), que fue su gran alivio. Así que se dirigió al servicio de Urgencias de una Clínica privada en el centro de la ciudad, donde le correspondía la atención, según su EPS.

Al llegar eran aproximadamente las dos y media de la mañana, y en ese momento su dolor era tan intenso, que no le permitía estar de pie. Sus conocimientos médicos le indicaban que estaba ante contracciones que aún podía detener para evitar un parto pretérmino. Imaginó que la iba a recibir un equipo de funcionarios dispuestos a ayudarla en su crisis, pues era obvio que estaba viviendo en sus entrañas un posible parto anormal y, sin embargo, para lo único que advirtieron su presencia fue para pedirle el carné de la EPS y la cédula de ciudadanía. Mientras verificaban su documentación en la pantalla de la computadora, sus dolores se incrementaban al igual que su incertidumbre de ser atendida. En esos minutos de silencio, mientras verificaban su afiliación al sistema, nunca imaginó que la fueran a atemorizar tanto como su primer embarazo. Luego de veinte minutos, le dicen que no pueden atenderla porque en el sistema aparece en deuda con la entidad aseguradora, pues aún no había hecho el último pago. Fue inútil explicarles que aún no se iniciaba el primer día hábil de pago, pues era la madrugada del lunes tres de enero; y sin pronunciarse frente a la anotación que tuvo la paciente en medio de sus dolores, sólo le respondieron que debía consultar a un Hospital Público Estatal, si quería una asistencia inmediata por urgencias.

De nada valieron la ley y la Constitución Política de nuestro país, pues el binomio madre-hijo que es una prioridad de atención para el Estado y, al tratarse de una emergencia médica, no fue evaluada inicialmente por el médico del servicio de urgencias quien, según la ley, es la persona indicada para calificarla. En estos casos lo primero que debe hacer un funcionario administrativo es facilitar el ingreso, pues no es él quien califica el tipo de urgencia; se tipifica así una forma clara de obstaculizar el acceso.

Ya derrotada, pensó que podía ser atendida como paciente particular por la misma Clínica, pero un funcionario de la Clínica o IPS (Institución Prestadora de Servicios de Salud) le advierte que, por el hecho de ser mujer gestante, para poder atenderla, primero debía realizar un depósito de dos millones de pesos. Como es obvio, ella no contaba con ese dinero en su cartera. Ya a esta altura de la historia, Esperanza se da cuenta de que personajes como el celador, la secretaria, el promotor social y el auditor, estaban muy lejos de ser esos ‘facilitadores’ que le enseñaron en su curso de seguridad social, y, muy por el contrario, los veía como ‘los asistentes serviles’ que pensaban de acuerdo con los dictados inapelables de la ‘empresa de salud’; se interponían como una barrera entre su necesidad y el derecho a la atención. Entendió, entonces, que en casi ningún campo del sistema se otorga un poder semejante al que tienen estos funcionarios para determinar el acceso a la atención médica. Son como los ‘semidioses’ a las puertas del Olimpo que permiten o no la entrada de los ‘míseros humanos’ al sistema.

Por un momento caviló que, si la recibiera un médico, el diálogo sería en otros términos y podría encontrar algo de solidaridad, ya fuera por ética profesional o, en última instancia, por simple ‘colegaje’; pero, por la manera como fue recibida, comprendió que nunca habría posibilidades de atención, ni por caridad. Y se dijo para sí: “Ahora entiendo con más claridad los problemas que se le presentan a los ciudadanos comunes y corrientes para poder tener una atención digna y oportuna, en nuestro famoso sistema de seguridad social en Salud”. Donde la población tiene Carné pero no atención médica.

Luego de una hora sin conseguir que la atendieran, y con el malestar producido por las fuertes contracciones que se hacían cada vez más seguidas e intensas, y temiendo estar en trabajo de parto, decidió ir a una Unidad Hospitalaria Estatal pero, al llegar y ver la cantidad de personas concentradas esperando la atención en el servicio de urgencias, consideró que, con lo mal que se sentía, no podía esperar el turno de consulta, por lo cual se dirigió, a eso de las cuatro y media de la mañana, a un Hospital Público Estatal de segundo nivel de atención de la ciudad, en donde por fin la escucharon. Después de verificar el problema con la EPS, decidieron recibirla como paciente particular, y le informaron que a primera hora hábil de ese día debía cancelar la deuda con su EPS para que esta cubriera los gastos hospitalarios. El Hospital se comporta como el prestador privado (clínica particular) y la trata como un usuario sujeto de atención que debe cancelar una factura posteriormente, y no como una ciudadana que tiene derechos que la protegen ante su indefensión.

Al momento del ingreso, le tomaron los signos vitales y la encontraron febril con una temperatura de treinta y nueve grados, con contracciones, vómito y cuello del útero dilatado, un diagnóstico de amenaza de parto pretérmino debido, posiblemente, a un proceso infeccioso. Iniciaron tratamiento para evitarle un parto prematuro, pero ya era inevitable, así que la trasladaron a la sala de trabajo de parto a las seis de la mañana, mientras las contracciones aumentaban; y los galenos hacían su trabajo. La funcionaria administrativa se hizo al lado de Esperanza para recordarle que debía llenar unos formularios. El dolor de las contracciones aumentaba y lo disipaba con el reclamo de la funcionaria, que era tan “intensa” como las mismas contracciones. Aumentaban las explicaciones de forma de pago y, al mismo ritmo, las contracciones, hasta que presentó ruptura espontánea de membranas a las seis y treinta de la mañana. Quince minutos más tarde da a luz, un bebe pretérmino, sexo femenino, con edad gestacional de 29 semanas.

Mientras uno de los médicos apuntaba datos: líquido amniótico caliente no fétido, sin complicaciones, etc., Esperanza miraba extasiada a su pequeñísima criatura; la voz de su impaciente acompañante que le continuaba explicando sobre formalidades para llenar, ya la sentía lejana, hasta que los médicos dijeron que la recién nacida necesitaba reanimación y Unidad de Cuidados Intensivos Neonatal (UCIN), a lo que la funcionaria replicó que aún la menor no estaba afiliada al sistema, por lo cual la EPS no podía cubrir los gastos de la incubadora. Con esto, logró la atención de todos en la sala y, haciendo gala de sus conocimientos, les explicó las alternativas: Esperanza es afiliada al sistema como beneficiaria de su padre, y en ese sentido, no puede beneficiar también a la nieta, salvo como beneficiaria adicional, para lo cual se necesita el registro civil de la bebé, pero como ese trámite sólo es permitido los días miércoles, estos días de atención en la UCIN se pagan como particular, para lo cual hay que dar un depósito inicial y firmar un pagaré, un codeudor...

Esperanza comprendió que lo mejor era seguir las indicaciones para cancelar la deuda con la EPS y, con el formulario de autoliquidación, poder realizar los trámites para que la EPS autorizara el cubrimiento de los gastos hospitalarios; sólo así la atenderían. Luego de cumplir con lo anterior, la trasladaron a la sala de recuperación y la dejaron hospitalizada con diagnóstico de posparto pretérmino y Corioamnionitis; le iniciarían manejo antibiótico intravenoso, mientras que la bebé, debido a su estado prematuro, continuaría en la UCIN con diagnóstico de Enfermedad de Membrana Hialina, como paciente particular.

Pero ya el día miércoles la niña empezó a complicarse y a las tres y treinta de la tarde murió, después de permanecer tres días en la UCIN. Ese mismo día se les dio de alta a una niña muerta y a la madre con una deuda de un millón veintinueve mil pesos, más seis millones de pesos, por la atención de la bebé. Al no disponer de esa cantidad de dinero, la madre tuvo que dejar un depósito de cuatrocientos mil pesos para que se le autorizara la salida, pero tenía que dejar a su hija en la morgue del hospital y, una vez cancelara la deuda o firmara los papeles correspondientes para un crédito, podía retirar su cuerpo.

De esa forma pudo salir del hospital a las ocho de la noche del cinco de enero. Impotente y abatida, no acababa de comprender por qué había algo que le hacía sentir que habían menoscabado su ingenuidad y dignidad. Miró con nostalgia ese prestigioso saber que llaman medicina, y recordó que en la academia le enseñaron que alguna vez fue importante curar; se convenció que hoy sólo se trata de ‘una prestación’, y vio con desilusión que los beneficios que ofrecen estas ‘empresas de la salud’, en realidad están más asociados al dinero y al lucro que a la atención médica. Comprendió, entonces, que la ilusión que venden es una falacia.

Al día siguiente volvió a la EPS y, luego de hacer una larga cola, le informaron que el cubrimiento del pago sólo se efectuaba setenta y dos horas después de haber cancelado la última cotización, motivo por el cual ella tendría que cubrir, particularmente, esa deuda. Cansada de tanto trámite, regresó al Hospital y firmó, junto con su codeudora –su madre-, un acuerdo de pago correspondiente a la hospitalización de ella y su hija.

Una vez le devolvieron el cuerpo de la bebé, Esperanza se convenció de que la humanista profesión de la medicina, que alguna vez fue vista como la más hermosa de las virtudes -cuyos cultores fueron Hipócrates, Empédocles, Esculapio, Celso, Paracelso- había caído en manos de fuerzas que no tienen ningún interés en las personas, ni se conmueven ante el deterioro de la vida, pues no pueden sentir lo sagrado que es parir un hijo, por la triste y poderosa razón de que ni siquiera pueden sentir; son ‘empresas prestadoras y aseguradoras’, que hoy gobiernan el sistema de salud y que sólo se preocupan por la rentabilidad económica y no por la rentabilidad social y humana.


 
 
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